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Ophelia

Capitulo 1 Realidad

Feuerback interpreta e fenómeno del cristianismo como una falencia del espíritu humano; poco después, Marks y Engels consideran que es una mistificación de la realidad social llamándola “opio del pueblo”, ¿opio de pueblo? Trataba de entender lo que leía sin embargo la ensordecedora voz de la maestra Weber hablando sobre la segunda guerra mundial lo conectaba dolorosamente con la realidad, trataba de aferrarse a las letras, pero el retumbo de la muchedumbre las transformaba en estúpidos jeroglíficos,-¿Por qué diablos la gente se empeña tanto en recordar su pasado?-parece que anhelaran con todas sus fuerzas evadir el presente- no se daba cuenta pero eso era justo todo lo que el deseaba, evitar su realidad, y romper las cadenas de su miserable y rutinaria existencia,;para ello , trataba de ser diferente, escuchaba melodías extrañas, examinaba libros que la mayoría de los jóvenes de su edad no comprenden o les indigestan ,no frecuentaba fiestas ni las reuniones sociales, en cambio, vivía enclaustrado en su habitación tratando de “comprenderse a si mismo” para finalmente no comprender nada,y mientras mas lo intentaba mas se atormentaba ,cada giro a la realidad era mas agudo que el anterior y cada vez que miraba las murallas del salón le parecían mas pequeñas, se iban encogiendo día a día igual que su amor propio, y algún día terminarían por triturarlo.

Su mirada voló por la sala, de repente se detuvo en un par de muchachas, tontas y frívolas pensó, que se carcajeaban y lo miraban como si tuviera una sanguijuela en la cara, las miró por un instante esperando que se estremecieran y retiraran la vista y así lo hicieron, era indudable que estaban hablando de el, el caso es que no le importaba. Sabía perfectamente lo que percibían en él, a un total fenómeno, por eso nadie le hablaba.
-No quiero ser arrogante, pero no son mas que un montón de envidiosos, no pueden soportar a alguien que no encaje en su superfluo y esclavizante régimen de vida.-Si para salvar sus pellejos tuvieran que linchar a un alumno de esta clase no tengo duda de que sería yo.
La risotada se le escapo de la boca y todos le miraron como si fuera un chiflado.

La rancia campana del orfanato Sinclair sonó como siempre, todos tomaron sus cosas y saltaron del salón de clases, comprimiéndose en la puerta marcharon hacia los pasillos que daban a sus habitaciones aumentando el griterío que él tanto aborrecía, ahora podían hacer lo que se les de la gana hasta que suene la campanilla para ir a cenar.
Todos corrieron tan vertiginosamente que se quedó solo en medio del salón, sacudió sus pies lentamente para salir de allí, no le importaba el tiempo que desperdiciara en una cosa u otra, después de todo iba a salir y qué, nada iba a cambiar, tendría que ver las mismas mentecatas caras conocidas mientras se dirigía a su lugar de enajenamiento como él le llamaba a la única habitación del hospicio que tenía una sola cama, que para suerte o desventura de él era la suya.

Capitulo 2 ojos de escayola

El destino perpetró una de sus utopías en ese estúpido pasadizo, estaba totalmente vacío, ¿dónde estaban todos?, qué importaba, fue una perplejidad que se convirtió en agrado, y como no, si jamás había tenido aquel pasaje para mi solo y mirarlo sin que ningún rostro ingrato nuble mi vista.
Me senté en la banca que mira hacia los casilleros habitualmente colmados de gente y tomé una bocanada de aire que me hizo empezar a toser. Al no haber nadie a quien mirar de manera ofensiva o simplemente no mirar, mi mirada fue libre y mutó de una manera que seguramente me hubiera sorprendido de mirarme al espejo.
La afonía se despedazó de repente por unos temerosos pasos que entraron del fondo del pasillo.
Era el único individuo que podía considerarse más fracasado que yo, Ophelia, la extraña hija de madame Sinclair cuya madre nunca escuda de los golpes y injusticias que recibe de todo el mundo.
Su personalidad es tan nula que verla alzar la voz debe ser un honor, y más aun ver que alguien se le acerque para otra cosa que no sea aprovecharse o burlarse de ella.
Ophelia era una realidad que todos querían ignorar, pasaba por los pasillos desapercibidamente, como un desdichado espíritu cuyo nombre solo figura en los cuadros de honor de excelencia académica.
Tenía una extraña mirada que me trastornaba los sentidos y me hurtaba la respiración, de un grisáceo profundo y exangüe como la escayola, su piel, pálida y enfermamente blanca, contrastaba con la híbrida maraña escarlata que germinaba de su cabeza. Como hilos de sangre que habían coagulado en medio del vacío.
Por todas estas razones, verla me hacia sentir un hipócrita, sabia que al mirarla pensaba lo mismo que odiaba que pensaran de mi, y además de eso, su sola figura era como una llama imperturbable que asediaba un rincón de mi mente, a cada segundo volviéndose intolerable y haciéndome retirar la vista.
Pero ese día algo diferente sucedió entre los dos. No sé mi anormal estado de felicidad o el contraste de las murallas inmaculadas con la maraña rojiza de su pelo lo que me hizo mirarla a los ojos por primera vez sin sentir inquietud alguna.
Su mirada estaba enajenada y fuera de este universo, parecía que miraba a todos lados y a ninguna parte, como si buscara algo detrás de la barrera de su propia percepción, quizás ella pueda ver cosas, quizás... ella estaba loca y nada mas y yo era un pobre diablo tratando de hallarle explicación a aquello que no tenia ninguna. Quizás, ella y yo éramos igualmente excéntricos.
-Demonios, estoy divagando otra vez-, me hablé a mí mismo como acostumbraba a hacerlo.
Ella abrió su casillero lánguidamente y sacó un libro.
Pero yo... vi algo más.

Fragante y pálida a la vez, era como un lienzo arcaico, demacrado y decadente pero de descomunal belleza, una inmaculada rosa, cuidadosamente situada en un contenedor de cristal, dormía en un rincón del casillero de Ophelia. Por unos segundos creí que mi vista me traicionaba, pero parecía bailar sobre su propio eje como una muñeca en una caja musical.
Tenía la vista incrustada en el tesoro de la muchacha cuando ella cerró impetuosamente el casillero, dejándome fugazmente inmovilizado. Mi mente no podía concebir como una simple rosa engendraba en mí tales impresiones, mas cuando Ophelia estaba en un lugar, todo parecía tomar un toque surrealista y enmarañado y a veces me daba vergüenza pensar que todo aquello sea solo obra de mi mente aturdida.
Dio media vuelta con ritmo mecánico y la misma mirada de escayola, cuando el silencio fue quebrado de golpe por la desagradable entrada de aquellas dos chiquillas que antes se habían reído de mí tan desfachatadamente. Una de ellas colisionó contra Ophelia, haciéndola impactar contra los casilleros,
-Oye tarada, fíjate bien por donde caminas,
Y sus estridentes risas mataron el silencio,
-Pero que tontita es, mira, ni siquiera levanta la cara cuando le hablan.
Ophelia estaba pegada en el casillero con los ojos clavados en el suelo, sin decir palabra alguna.
-Oye mírame cuando te hablo idiota-, gritó con el seño fruncido y una mueca deforme, pero ella no escuchaba, estaba en otro lugar con los ojos aún en el piso, rehizo su marchar silencioso por medio del pasillo, tal y como si no hubiera pasado nada y con pesados pasos cruzó por el frente de su agresora, sin hacer ningún gesto de molestia o tristeza. La chica, iracunda al ver que Ophelia cruzaba en su propia cara sin responder a sus injurias, alzó el brazo con brusquedad animal y le dió un golpe en el ojo izquierdo que arrojó sus lentes al espacio y la botó al piso de manera totalmente penosa. Ambas se echaron a reír de forma horripilante y haciendo muecas cada vez más desagradables.
Una molécula de sangre cayó en el piso, era la boca de Ophelia que estaba rasgada.
Malditas perras, cómo eran tan crueles, y yo las observaba desde mi asiento como un burdo espectador de aquel deplorable espectáculo, me sentí un cobarde y un idiota, mis manos se empuñaban queriendo desmenuzar el cuello de alguna de ellas pero mis extremidades no respondían, estaban fosilizadas y no lo dejaran de estar, pensé, me conozco muy bien no soy capaz de mover un dedo en presencia de sangre, o al menos no después de la sanguinolenta pesadilla que me confinó en este maldito orfanato.
Ése era yo, un completo cobarde, incapaz de enfrentarse a dos chiquillas a las cuales minutos antes había considerado inferiores. El miedo me tenía paralizado y no sabía exactamente por qué, por mi mente transitaban ideas totalmente absurdas de como acabar con aquel conflicto de una vez, pero mientras más pensaba, mas me paralizaba, me sofoqué, ¿cómo era capaz de sentirme superior al resto si me personalidad era más cohibida y cobarde que la de la misma Ophelia?.Abrí los ojos. Mientras hacía estas reflexiones, a Ophelia le estaban dando una paliza como nunca en su existencia. Su rostro moreteado y ensangrentado permanecía inalterable ante las patadas y degradaciones de aquellas dos cerdas.
-¡Levántate ahora como si nada a ver si puedes!-. Vociferó una de ellas, y Ophelia permaneció como difunta en el piso, no se va a levantar, me dije, pero ella se levantó. Logró arrodillarse poco a poco y míseramente, pero con la misma mirada perdida e inquebrantable que tenía cuando recién la ví entrar por el callejón. ¿Cómo era posible?, Contemplé la escena desconcertado, su cuerpo frágil y esquelético era capaz de soportar aquellos golpes. Por un momento la miré estupefacto, alzó el rostro demacrado y nuestras miradas se interceptaron, sentí entonces como si fuese otra Ophelia, su mirada era cálida y humana pero tenía un resplandor de desesperación, como si una parte reprimida de su ser hubiera prendido una bengala de auxilio por la lumbrera de sus vacías pupilas. Pero algo lo sofocó de golpe, su mirada se tornó enajenada otra vez, como si no pudiese permitirse a si misma sufrir, sonreír o siquiera pensar.
-¿Quieres levantarte eh?-balbuceó una de ellas poniéndole el pie sobre la cabeza,
-Te haré tragar las baldosas del piso ¿oíste?, y aunque tu madre lo sepa no hará nada,¿y sabes por que?
Ophelia siguió arrodillada y en silencio esperando la respuesta de su verdugo. Esbozó una sonrisa.
-¡Porque tú le importas un carajo!

Y algo en mi...sucumbió al escuchar esas palabras.

Fue chocantemente dulce, no había actuado así desde la pesadilla, había olvidado como era violentar a alguien, había sangre en el adoquinado, donde se había ido mi fobia, eso es... había muerto.
De súbito mis uñas se enterraron en el cuello de la muchacha.
-¡Retira lo que has dicho!-grité como un maniático.
-¡Retíralo de una vez!
El murmullo de sus quejidos desesperados y el impacto de unas alhajas que llevaba en el brazo repicó por el pasillo, ahuyentando a los cuervos de los ventanales. Mis uñas se enterraban cada vez mas en su cuello, arrancándole el aliento de las entrañas y las lagrimas de los ojos.
-Suél... tame- me gritó sacando lo último de sus fuerzas.
-Si prometes que nunca la volverás a tocar jamás.
Pero que diantres me estaba sucediendo, el hundimiento paulatino de mis uñas en su cuello, la estridencia de mis gritos, el temblor convulsivo de uno de mis párpados inferiores.Todo parecía indicar que no era yo el que estaba actuando en ese momento.
-¡Está bien!-, gimió, no quería soltarla pero lo hice y escapó precipitadamente dando tropezones.
Luego poco a poco comencé a volver en mí mismo,a repasar lo que había hecho, a asimilar la falta de meditación que había tenido todo aquello y recuperar mi compostura habitual frente a toda la humanidad, no ayudé a Ophelia a levantarse, tal parece no quería hacerlo, además, todavía me atormentaba y ponía incómodo de modo que me fuí por el mismo lugar por donde caminaba a mi habitación todos los días, por el que debí haberme ido en ves de quedarme a contemplar ese perverso silencio cubierto por el engañoso manto de la soledad y la armonía, testigo de aquella caótica seguidilla se sucesos que en aquel entonces me resultaron aterradores. Pero vaya que ingenuo era, que incauto, no tenía ni la menor idea de que los eventos verdaderamente anormales en mi vida estaban a punto de comenzar.









Capítulo 3 Madre

La nieve se aglutinaba en sus zapatos mientras corría tratando de oprimir a todas aquellas luciérnagas blancas que bailaban en la intemperie, se pegaban a su cuerpo y morían con el calor del contacto, tornándose agua pura y diáfana. Su cuerpo se consumía y una cálida mano de mujer joven le devolvía la corporeidad.
Ahora estaba en la chimenea, mirando las gotas surcar las texturas del ventanal y las luces de las farolas refractarse en millones de puntitos radiantes.
-Madre.
-Si Archer.
-¿Existe un lugar además de éste?
-¿Por qué preguntas eso?
-Karil, Ella me dijo que hay un lugar mágico detrás de esta realidad pero que no podemos tocar ni ver...
Esas luces, parecen acercarse a mí pero cuando las toco no las siento, siguen ahí pero como si yo no fuera parte de su mundo.
Sus ojos se entrecerraron lentamente, y con la mirada fija al espacio alzó los brazos como si quisiera acariciar el vacío y apresarlo entre sus manos.
¿Por qué no puedo ser parte de ese mundo?
Una mano cerró tiernamente sus ojos y se cobijó en el blando regazo, que lo hizo viajar otra vez, por la plaza nevada de su niñez, el rosal de su madre los libros de cuentos de hadas de Karil, las pobres y compactas murallas del sanatorio mental.

-Archer, cuando salga de aquí te mostraré mi lugar secreto del que tanto te he hablado… Verás que el país de las maravillas realmente existe.
-¿Por qué no se los haz dicho a nadie más que a mi?
-no es así Archer, además, ¿a quien se lo contaría eh?, tienes que creer en la magia y los siquiatras no creen en ella…
Miró el reloj del tiempo de visitas y su mirada se tornó de oscura desolación.
-Me queda poco en este mundo.
El eco de sus palabras pareció grabarse en las murallas del recinto como una maldita sentencia perpetua.
-El conejo…él me lo dice y el nunca se equivoca-dijo con un dejo de oquedad, mirando la escotilla de la habitación.
-¿Quién es el conejo y por que dice eso?...no entiendo.
-No te preocupes Archer, algún día lo entenderás-, la expresión enfermiza de Karil volvió a tornar todo sombrío…
-¡No por favor no más, quiero despertar!
-¡Demonios despierta!-, se arañó los brazos hasta que despertó aullando como un loco, miró su habitación tranquilizado y a la vez aterrado, ¿Qué hora era?, ¿Por qué estaba aquí?, lo ultimo que recordaba era la extraviada mirada con la que Ophelia lo observaba retirarse del pasadizo, pero parecía que habían pasado días o años, no lo sabía.
Se sentó en la cama, las manos le tiritaban como cada vez que tenía esa traumática pesadilla, sabía bien lo que venia después.
-¿Algún día lo entenderás?...créeme que nunca lo entendí y nunca lo entenderé.
Cerró los ojos para visualizar al pacífico chiquillo de profundos ojos y mejillas de cereza que vió en su sueño, se miró al espejo, tenía 16 años, era enjuto, delgado y pálido, su fisonomía era la de un niño pero su mirada era arcaica, vetusta, como la de un anciano milenario, tenia una zanja en el entrecejo, ojeras lúgubres y abismales y un hato de cabellos pardos sin rumbo pero que yacían compactos en su cabeza.
Miro por la ventana, estaba nevando, alzó sus manos para alcanzar los copos de nieve y terminó con las manos amoratadas y congeladas.
Salió de su habitación y mientras caminaba por los pisos tapizados de los callejones con sus habitaciones, cada una cuidadosamente marcada con números de oro y las paredes revestidas de cuadros de extravagantes obras de arte, se preguntó por qué una mujer tan clemente como Madame Sinclair, capas de invertir su patrimonio en un montón de bastardos, tenía una hija tan sombría y solitaria. Apenas recordaba el semblante de esa mujer velado por una manta de seda negra a través de los cristales de la fuliginosa limusina que lo recogió una fría noche de invierno en las brutales calles de una ciudad en la que estaba el, tiritando y carcomiéndose las uñas ensangrentadas que ya no eran más que huesos. La miró con lo que le restaba de cordura. No era un semblante amistoso ni mucho menos caritativo, era más bien el rostro con el que un león salvaje observa a un indefenso cervatillo el cual, a largo o corto plazo, será su alimento. El chofer lo tomó del brazo como quien toma un trapo con estiércol y lo subió al auto y él, al sentir la finura de la butaca y el calor de la calefacción, sus labios azules esbozaron algo similar a una sonrisa.
El auto comenzó a circular sigilosamente colina arriba por un camino en caracol por el que hubiera sido imposible transitar. La nevisca se volvía cada vez mas aguda y los edificios se perdían, luego las casas, finalmente la gente y los caminos para dar paso al mas lóbrego y enigmático palacio perdido en medio de la nada, el castillo Sinclair, un fuerte medieval de proporciones dantescas sepultado como una lápida en la nieve, con innumerables, callejones y pasadizos secretos que fueron en su época cámaras de tortura o quien sabe qué, en la actualidad transformados en aulas, calzadas y fastuosas habitaciones, por gracias de aquella misteriosa mujer de la cual nadie sabe nada salvo como suena el timbre de su voz, como una presencia omnisciente desde los parlantes del castillo, por lo general, para avisar cada vez que alguien a sido “retirado”.
De algún modo, cuando alguien era adoptado, desaparecía súbitamente, sin despedirse, ni llevarse ninguna de sus pertenencias, tal como si en vez de haberse ido de este hospicio mas bien se hubiese ido de este mundo, luego, se quemaban sus pertenencias, se quitaba su nombre de todo registro público y hasta se prohibía conversar o hacer cualquier comentario, y rápidamente, era reemplazado por otro chiquillo, el cual ocupaba su lugar dentro de la perpetua rutina del castillo.
Nadie sabía quien seria el próximo, pero a nadie le importaba, porque todos tarde o temprano se volvían piezas del engranaje, radiantes e ignorantes, vivían año tras año, consumiendo la misma comida, sentándose en el mismo banco, transitando por los mismos pasillos, en direcciones ya trazadas, como hormigas, como prisioneros, como cerdos que comen felices en un corral sin saber que cualquier día van a ser desmembrados.
Por esta misma razón, algunos no lo soportaban y comenzaban a ser insurrectos, a causar estragos o intentaban escapar e irónicamente, todos sin excepción corrían la misma suerte.
Eso Archer lo sabía muy bien, no le fastidiaba, tenia ganas de largarse de allí, y si los rumores eran ciertos, tenia por seguro que seria el próximo, puesto que él no era precisamente parte de la “masa feliz” que permanecía año tras año dentro de las murallas des castillo.
Pero la idea no solo le alegraba, de algún modo también le producía angustia. Si tan sólo supiera que había pasado con los adoptados anteriores y porqué se esfumaron de manera tan escabrosa podría aplacar esa paranoia que le acosaba. Algo en su interior no le dejaba dormir por las noches, soñaba con el momento de su traslado de formas surrealistas, dulces y celestiales o sórdidas y amargas como la misma muerte, luego veía sus cosas carbonizadas y su nombre borrado como si luego de ello fuera tan solo una sombra.






Capítulo 4 El silencio de los condenados


En medio del griterío habitual, el eco cauteloso de la manilla de la puerta pasó desapercibido, salvo para dos jóvenes que con aire de ira y complicidad lo vieron cruzar torpemente por en frente del pizarrón, ofreciendo vacías evasivas a la maestra por haber llegado tan tarde a clases. Al ver sus manos gesticulando torpemente se acercó la mano a la nuca y con violencia contenida cubrió las horrendas marcas de uñas enterradas debajo de su densa cabellera rubia.
-¡Sarah, ahí esta!
- Si lo veo estúpida.
Lo acosaron con la mirada hasta que se sentó con su inconfundible mueca de indolencia.
-¿Por qué llega tan tarde? ¿Crees que fue a decirle a la señora lo de ayer?
-¿Estas loca? No sería capaz, además eso nos perjudicaría a los tres
Detrás de su fachada de muñeca tonta Sarah disimulaba una particular suspicacia la cual había utilizado desde su llegada para mortificar a Ophelia. A pesar de sus maléficas maneras y su explosivo carácter se ganó una gran reputación dentro del castillo a causa de su sospechosa calidad de Heredera, abandonada de una rica estirpe de la capital, pretexto con la que alardeaba cada vez que podía.
Rose se roía las uñas y miraba el ventanal con nerviosismo.
-Ophelia todavía no aparece y eso es raro, nunca se perdería una clase de matemáticas…
Quizás…fue muy grave lo que le hicimos y…
-Mira tonta no tengas miedo, nada nos sucederá, qué importa que Ophelia le diga a su mamá, todo el mundo sabe que la señora no ase nada por protegerla. Se cree la gran cosa por ser la hija de madame Sinclair.-dijo haciéndole una mueca de sarcasmo a su cómplice e incrustando de nuevo su mirada en Archer.
-Y él… ya recibirá lo que merece.
Su cara se tornó una perversión todavía mayor.
-Ahora preocupémonos de Ophelia que tengo un plan mas que perfecto.

Esa tarde en el castillo se inhalaba un aire fúnebre, el fantasma de Ophelia parecía haber sido tragado por las paredes y una lóbrega sinfonía de piano que germinaba desde la entrañas de los callejones hacia danzar a los copos de nieve de manera agresiva y melancólica. Desde su aposento la madame proyectaba una sonrisa y una gruesa bocanada de hollín se escapaba de sus vetustos labios, se acercó al mirador y observó la higuera.



…Esta noche… las mariposas volarán sobre el país de la maravillas…


Y las inmaculadas manos que interpretaban la pieza soltaron el piano escabrosamente
, el destino estaba trazado y el llamado hecho.



El baño estaba vacío y Ophelia recorría los pasillos buscando aquello que siempre busca y se detuvo en el baño de mujeres. En las manos traía un vestido exactamente igual al que traía puesto y luego lo depositó automáticamente en el suelo empapado y se quitó la ropa toscamente y con la puerta que daba el pasillo todavía abierta.
Caminó con los pies desnudos por las frías baldosas blancas hasta el espejo más cercano y contempló su demacrado cuerpo moreteado y la sangre que se había ya endurecido en sus labios con un gesto enrarecido. Luego abrió la llave de la ducha y caminó hacia el chorro hasta quedar completamente cubierta con el agua helada que limpió sus heridas y petrificó hasta el viento con su temperatura. Una mirada la acechaba hace rato desde detrás de la puerta, la que luego entró silenciosamente y sin ser descubierta por Ophelia se sacó la ropa que había dejado en el piso.
-Ahora no va a tener con qué vestirse.-Susurró Sarah tratando de dominar la risa.
Rose le esperaba desde la puerta patrullando que nadie se acercara a ver la venganza.
- Ya la robaste la ropa ahora larguémonos de aquí
El ruido estruendoso de las gotas al impactar contra el piso de la ducha no le dejaba a Ophelia escuchar la acalorada discusión
-¿Estas tarada?, aún falta lo mejor-Dijo Sarah todavía arrodillada sobre el piso. Y abriendo su mochila con un arrebato desenfrenado sacó un frasco de algo que parecía sebo de cerdo.
-¿Qué diablos estas haciendo?exclamó Rose.
Pero Sarah no respondió, su semblante estaba fuera de todo lo antes visto por su amiga,
Sintió un poco de turbación de verla así invirtiendo aquel frasco y esparciendo la escurridiza sustancia por todo el piso del baño.
-Ahora si…viene lo divertido.
Se alejó lentamente y con la mirada enajenada para mirar tras el umbral de la puerta el
“espectáculo” que tan premeditadamente había planeado. Mientras tanto Rose la miraba aterrorizada sin saber que iba a suceder, quería irse pero la inquietud y la cara descolocada de Sarah le hicieron dar cuenta de que no había vuelta atrás.
Ambas se encontraban petrificadas en la puerta, oyendo cada partícula caer al suelo, cada distante paso en los salones, cada cuervo que emprendía el vuelo de una rama a otra de la higuera. De repente toda resonancia murió abruptamente y se oyó sólo el crujir de la llave de la ducha al cerrarse, luego el intangible eco de los pies de Ophelia arrastrándose en el agua, la cortina corrediza con sus ganchos enmohecidos. Y finalmente se asomó su cabeza y pudieron distinguir su mirada enrarecida, luego colocó el pié sobre el piso y este se resbaló precipitadamente con una velocidad que le quitó el equilibrio y la hizo caer de cabeza sobre los azulejos del suelo petrificado, oyéndose el retumbo de su cabeza como el sonido de una nuez que estalla al caer al suelo.
Rose no podía creerlo, estaba temblando, giró la vista para ver a Sarah riéndose, al principio endeblemente luego de forma grotesca y estridente.
-¿Viste eso? ¡Fue genial!..¿Lo viste?...
-¿Estas loca?... ¡mira lo que has hecho!
Lo primero que atinó fue a mirar hacia el pasillo, luego trató de acercarse a Ophelia pero pronto se percató de que si lo intentaba también iba a resbalar y además había algo mas que la detenía, el cuerpo desnudo de Ophelia en posición fetal, paralizado y cubierto de aquella extraña grasa de coloraciones rojizas y biliosas.
-Oye, estas pálida ¿qué te pasa?- le dijo Sarah a Rose sacudiéndole el hombro.-Si no es tan grave, creeme se va a levantar…en serio…-susurró casi para sus adentros mientras todavía en el umbral de la puerta la miraba como esperando a que pasara algo.
Una ciénaga de sangre comenzó a crearse de repente debajo de la cabeza de Ophelia, al principio lentamente, luego con desesperante rapidez
-¡La mataste! ¡Idiota! ¡La mataste!-comenzó a chillar como una loca y Sarah le dio una bofetada.
-¡Cállate maldita sea!-Le gritó enterrándole violentamente las manos sobre la boca para que no hablara.
No quería reconocerlo, pero la posibilidad de que estuviera muerta era desastrosamente la más convincente en ese instante, por su mente pasaron mil cosas y a la ves ninguna y el silencio comenzó a hacerla exasperar, parecía con todo aquel silencio que el tiempo les había dado una tregua para que así tuvieran un periodo suficiente como para pensar, pero por alguna razón, lograba todo lo contrario.
Ambas se quedaron absortas sin más que el sonido de sus propios latidos, escuchando hasta los copos de nieve caer sobre la azotea.
Hasta que entre tantos pensamientos uno de ellos flageló su conciencia con fuerza, el timbre de la cuatro treinta. Todos saldrían de sus salas abruptamente y el baño se atocharía en cuestión de minutos.Miró la hora con desesperación.
-Son las cuatro, tenemos media hora para actuar.-Dijo Sarah luego de un silencio que a ambas pareció eterno.
-Debemos llevarla a la enfermería-Dijo Rose.
-¡Ni muerta! Le respondió Sarah.
-¿Entonces qué hacemos?
La sangre se acrecentaba a el tiempo se acababa, y luego algo peor vendría.
-¿Qué fue ese ruido?-Dijo Rose quedándose inerte del susto.
-No lo sé algún pájaro…
-Fueron pasos estoy segura…
-¡No me jodas, son las cuatro con diez.Quién andaría por los pasillos a esta hora!
-No lo sé… quizás un maestro…
-¡Mejor no me asustes y cállat…
Pero su injustificable calma fué interrumpida por un sonido que indudablemente se trataba de un portazo.
-¡Diablos nos van a descubrir! ¡Larguémonos de aquí de una vez!
-¿Pero… y el cuerpo?
-¡No importa solo larguémonos!-dijo agarrándole violentamente el brazo a su amiga y ambas salieron corriendo del baño, dejando el cuerpo de Ophelia demolido en el piso.

Capítulo 5 Pesadilla

Caminaba lánguidamente y con su típico caminar impelido y fastidiado, contemplando el silencio que se cernía su alrededor y que le hacía recordar forzosamente su primer chocante episodio con Ophelia. Ya se le había olvidado cuanto gozaba de las soledad antes de aquello, en cambio ahora el tranquilo caminar por los pasillos se había sumando a su enorme lista de contextos que le hacían sentir como un paranoico infeliz. Ya no se fiaba ni del silencio, ni de sus propios pasos, ni siquiera de lo pudiera haber detrás de la puertas, y con la mente anegada en estas conjeturas, sus pies lo trasladaron casi instintivamente a un callejón que despedía un extraño hedor a sangre cuajada. Se quedó inmóvil el límite del pasillo un momento, como quien titubea antes de emprender un viaje del que sabe no hay retorno, pero haciéndole caso a su inconsciente prosiguió en su caminar hasta que se detuvo en una puerta cerrada, miró el símbolo que en ella había, era el baño de mujeres, cuando lo vió todavía no deducía por qué su inconsciente lo había llevado a este lugar, hasta que miró sus zapatos y descubrió las suelas entintadas de sangre.

Abrió la puerta lentamente tratando de no hacerla rechinar y lo que vió lo hizo vomitar.
Era Ophelia desnuda en medio de una laguna de sangre, agua y algo viscoso.
Inmediatamente un hormigueo recorrió su cuerpo, las náuseas se apoderaron de él.

…tanta sangre...no por favor

Una aguja fría le penetraba la nuca, se la retuvo con ambas manos, todo lo que veían sus ojos comenzó a teñirse de rojo sintió que se iba a negro lentamente, que se volvía metafísico, como si nadara en medio de la nada, lo único que sentía en todos lados era sangre, impregnada en sus memorias, embutiéndose en sus pulmones, colándose a través de cada poro de su piel, fluyendo por sus entrañas…


…Hermano…Necesito sangre para llegar al país de las maravillas.

…la necesito…

-¡No!

… Archer… ¿No quieres vivir conmigo? …¿al otro lado?


Una lluvia cerrada sacudía el tejado de la casa. En el umbral de la puerta estaba parado, con las articulaciones temblorosas y una fragante rosa inmaculada asida en la mano estremecida.La luz azulina de un relámpago iluminó la escena, la cama estaba corrida,
Había un revólver en el suelo dos cuerpos rebanados, cuyos cuellos habían sido desmembrados de cuajo por unos pequeños dedos, el añejo piso de madera expulsaba un resplandor escarlata que calcinaba los ojos y estimulaba los lagrimales, el murmullo de la lluvia y los jadeos entrecortados, una chiquilla descalza con una pijama blanca ,arrodillada en el piso con una navaja oscurecida por la sangre en una mano y en la otra, una garrafa llena de sangre con la que delineaba infantilmente un círculo en el piso, al cual daba golpecitos como tratando de cerciorarse de algo mientras canturreaba una canción de Alicia en el País de la Maravillas.
Al ver la escena las lagriman se le extirparon de los ojos.
-Karil…que le as hecho a papá y a mamá…
Ah, es que necesitaba sangre…tú sabes para cumplir mi palabra.
A lo que él se desmoronó tiñendo sus rodillas y manos de rojo pálido.
-cómo pudiste hacer al así –dijo casi sin voz por el sufrimiento.
-¿no querías ser feliz Archer, ser feliz conmigo en aquel mundo que no podemos tocar ni ver?-gritó con una mirada acusadora. – ¿No querías…entender?, pues ahora lo entenderás…de hecho…estas apunto de entenderlo-Agregó parándose en medio del circulo con los brazos abiertos en una expresión de satisfacción y una sonrisa de oreja a oreja.
Mientras él seguía tirado en el piso murmurándose a si mismo y mirando la sangre que envolvía sus rodillas. Alzó la cabeza para mirar a su hermana y sintió que no era su hermana precisamente a quien estaba mirando, sino a alguien más, alguien que había esperado años quizás para salir, y ahora era libre y estaba haciendo de las suyas, hacía contorsiones extrañas, pasaba de la total seriedad al más enfermo júbilo en cuestión de segundos, decía cosas infantiles y al segundo siguiente hablaba cosas que una niña con su intelecto jamás diría.
De repente sus ojos se abrieron de par en par y se grabaron en la rosa blanca que él traía en la mano y cuando Archer se percató de ello una gota de sudor frío recorrió su frente.
-la trajiste, que bien .Ahora dámela y camina al centro del círculo- le murmuró entre dientes, con fuego en la mirada.
-No te la daré… estás enferma y por ningún motivo entraré en ese circulo.
-Me la darás…aunque tenga que arrancártela de las tripas- dijo mirando el revolver que estaba a tan sólo un metro de sus pies. No tenía otra opción, solo debía tomarlo pero Archer ya se había percatado de su maniobra y ambos se encontraban exactamente a la misma distancia del arma. Se miraron por un instante tratando de presagiarse los movimientos. Se encontraban como dos piezas de ajedrez en jaque, quien diera el primer movimiento ganaría la partida.
De súbito y con la celeridad de un relámpago Karil se abalanzó sobre el revolver agarrándolo con la mano izquierda y enterrándole las uñas a la madera, a lo que Archer en una porción de segundo después ,movido por sus reflejos y la acción flagelante de la adrenalina, desmenuzó la mano izquierda de Karil con el talón de su zapato ,quebrándole en par de dedos y arrancándole un alarido gutural de lo mas profundo de sus entrañas .Inminentemente, debido al forcejeo entre ambos , el revolver salió disparado a ras de piso, cayendo debajo de un enorme estante de madera arcaico y pesado que parecía no haber sido movido hace años.
Karil, todavía batallando con su hermano, miro el revolver caer bajo el estante y soltó un gemido de indignación. Luego se arrojó como una fiera al estante, tratando de alcanzar el arma con su única mano útil y tan pronto Archer si vió libre de Karil por un minúsculo instante, tomó la rosa y huyó por el umbral de la puerta, pues sabia que apenas ella extendiera el brazo lo suficiente para sacar el arma de allí, iba a ir en su búsqueda, a matarlo. Bajaba energúmenamente las escaleras de la casa para no volver jamás, para dejar atrás todas aquellas memorias de una vida normal, feliz, llena de ilusiones y promesas que nunca la cumplirían. Las mismas que acabaron con todo su futuro y su felicidad.
Llegó a la puerta de la casa, y echó un último vistazo a la foto familiar, que yacía quebrantada y empapada por la lluvia. Había vivido en ensueños y fantasías durante años, esas que nunca se harían realidad y tenían la culpa de que estuviera anegado en aquella ciénaga, la ciénaga de la despiadada realidad en la que todos vivimos y de la que queramos o no, nunca vamos a salir. Miró hacia fuera y contempló por una fracción de segundo el perpetuo terreno vacío y muerto que rodeaba la cabaña, rodeado de hierbas muertas y árboles que parecían mandrágoras y formaban confusos laberintos.
Corrió tempestuosamente sin saber adonde, ni siquiera si iba a salir con vida o no, adentrándose cada ves mas en las sombras confusas y en las cunas de los cuervos.
De repente oyó un tiro en medio de la oscuridad. Se quedó pasmado mirando a los alrededores, a merced de las sombras que no le dejaban ver siquiera sus propios pies. Luego oyó otro, un bramido, dos pasos, una risotada distorsionada que sonaba como un eco en los matorrales.
Su corazon se detuvo.
–Hermano, ¿Dónde estas?... no te escondas-.
El eco parecía brotar de cada gota de lluvia. Archer se sentía como un ciego en un laberinto. Busco el ruido con total concentración, cerrando los ojos, y comenzó a buscar en cada rincón algún indicio de que Karil estuviera ocultada en alguna parte.
Un suspiro, un estornudo, una rama seca desgarrarse en sus pies descalzos, pero nada. Solo el sonido de los cuervos aterrorizados por las…
-¡Eso es!
Miró al cielo gris y se dió cuenta de que los cuervos volaban en dirección opuesta a las balas. Entonces corrió como un condenado a través de las ramas, siguiendo siempre la dirección de los cuervos.
-¿Archer donde estás?, dame la rosa y no te aré daño.
La voz sonaba retorcida y muerta y parecía pisarle los talones. De repente, una bala fugaz rozó la cabeza de Archer.
-¡Te encontré!
Comenzó entonces a correr como un loco acorralado en medio de la oscuridad, chocando contra los troncos, forcejeando entre los brazos esqueléticos de los árboles que le arañaban la cara y los brazos, corriendo en medio de la nada y huyendo de un depredador invisible cuya risa se impregnaba en todos lados.
-Archer no corras, te estoy viendo-
Estaba totalmente trastornado cuando de repente una luz azulina y brillante que se filtraba entre los arbustos lo dejó temporalmente ciego. ¿Era esa la luz al final del camino? Corrió hacia ella y se hundió en las ramas endurecidas sin importar las rasgaduras en sus brazos hasta que cayó al piso. Había corrido en la oscuridad por un tiempo que le pareció eterno. Sintió sus brazos arder y se pasó las manos por los ojos. Estaba lleno de cortes como quien se arroja a una fosa con espinas. La luz de la luna parecía calcinarle los ojos. Tocó el suelo descubrió que estaba fuera del pantano. Luego alzó la mirada con lentitud, vio la tierra húmeda y salpicada de rojo, la lluvia implacable caer sobre su cabeza, la luna llena resplandeciendo enorme sobre el acantilado y una sombra que lo dejó helado. Allí estaba ella, manifestándose como un fantasma en el has de la luna, con los pies fracturados y ensangrentados, la mano izquierda deforme y la mirada mas encendida que el mismo fulgor de la luna.
-No... Pero cómo pudiste, ¿cómo llegaste antes que yo?
Hace apenas unos instantes había sentido las balas rozar su cabeza en dirección exactamente contraria y además la voz de Karil, provenía de detrás de él, sumándole el hecho de que había salido de la casa minutos antes que ella. ¿Podía estar alucinando?
No, era muy real para ser una alucinación y si no reaccionaba iba a comprobar que era lo suficientemente real como para matarlo.
-Ahora me crees ¿verdad?- Dijo ella ante la figura estupefacta de su hermano.
-pero…todavía no lo entiendes…quiero que lo entiendas…!que entiendan todos!-Gritó haciendo estremecer las ramas-.
-que entiendan…lo que es vivir confinado en un manicomnio y que todo el mundo piense que estas loco…
Gritó con fuerza contenida mientras archer tiritaba en forma convulsiva.
-Tú…no eres…humana-
-Así es archer, no soy humana y no pertenezco a este mundo "humano" donde todos ven simplemente lo que está en frente de sus narices. Yo creo en algo mas…y soy algo mas-Dijo comprimiendo el arma con la mano buena y acercándose a archer hasta el punto de plantarle el revolver en plena frente.
-Me decepcionas, pensé que no eras como el resto, que quizás tenías la misma habilidad que yo, pero veo que solo eres un iluso igual que nuestros padres-.
Archer se apretaba la mandíbula en un esfuerzo por no responder. No deducía precisamente a qué habilidad se refería su hermana, pero no podía tolerar que opinase tan déspotamente de de quienes la habían cuidado desde que nació, pero aún así, no estaba en posición de decir nada, podía costarle la vida.
-Te lo diré por última vez. Dame la rosa o tu cuerpo terminada en el fondo de este acantilado. Tú decides-
Archer sabía que estaba al borde de la muerte, pero vaciló. Karil lo miró con un gesto extrañado que se acrecentó al ver que la mirada del chico yacía perdida y una sonrisa adornaba su demacrado rostro.
-La dejé en el bosque- dijo al fin, con la vos casi inaudible. Aquello hizo a Karil descuidar a su victima un segundo y, casi por inercia, miró entre los árboles nebulosos y sintió un frío penetrante y doloroso en el vientre que le hizo ver todo borroso y difuso.
Se arrodilló en la tierra, se tocó la ropa y descubrió sangre suya vertiéndose por su cuerpo.
-Ar...cher-
Soltó el arma y se revolcó en el piso mientras su hermano la miraba con un gesto abrumado como tratando de convencerse de lo que acababa de hacer y con el puñal todavía entre las manos. Aquella navaja, era la misma que su hermana había usado para cercenar los dos cuerpos y que él había tomado pero, ¿en que momento? Se preguntaba Karil. Al parecer, ese chiquillo era menos tonto de lo que aparentaba.
En el suelo frente a él, Karil regurgitaba y vociferaba como un animal. Su mirada se iba a blanco, luego reaparecía, se dilataban sus pupilas y luego se contraían como si estuviese combatiendo contra si misma. Su cabeza era como un barco con dos capitanes.
-Hermano...ayúdame- dijo llorando como una la niña indefensa que el conocía, o al menos creía conocer. Mientras que Archer la miraba con un gesto de total tormento y sin saber si huir o ayudarla a recapacitar. De algún modo sentía que lo más adecuado era ayudarla a recapacitar, después de todo, era su hermana y podía bien en esta vida tener una segunda oportunidad.
-Sé que quieres ayudarme Archer...!hazlo ya!-
Y un quejido infrahumano se le escapó de la garganta, expulsando escupitajos y sujetándose la cabeza con ambas manos.
-¿Que puedo hacer?- balbuceó Archer
-Sólo acaba conmigo- murmuró moribunda y señalándole el cuchillo entre sus manos.
-No puedo- dijo, apretando el puñal y mirando la sangre en él como a una maldición martirizante.
-Archer... si no me matas, mis demonios lo harán, se apoderaran de mí, y mi alma se desvanecerá dentro de mis vivas entrañas –
-No, no puedo, no soy capaz-dijo mirando de nuevo en sus manos el cuchillo sanguinolento.
-Esta sangre que está entre mis manos, impregnada en este cuchillo, me acosará por el resto de mi existencia- en ese momento no lo sabía pero posteriormente su imaginación y sus pesadillas le harían dar cuenta de ello, al correr de los años, muchas cosas podrían desvanecerse de su vida, pero aquella sangre que esa noche impregnó sus manos y su cuerpo no se borraría nunca mas.
Miró al piso, luego al cabello de Karil tornarse rojizo, sus ojos volverse vacíos.
-Archer, ¿no me vas a ayudar?, ayúdame a morir.
-¡No, Ophelia!-Gritó ahogándose con la sangre que se colaba por su boca en aquella maraña roja de sus pesadillas, la lluvia se volvió escarlata de nuevo y aquel infierno purpúreo volvió a apoderarse de él mientras miraba cómo la imagen de Karil se volvía un engendro asexuado con la cabellera roja, la pijama blanca y le vociferaba distorsionadamente. -¡Ayúdame a morir Archer!, ¡Ayúdame a morir! Vió como todo a su alrededor comenzó a mutar de regreso al abismo rojo que le penetraba la médula.
Miró sus manos y en vez de sangre encontró una sustancia viscosa y fría. Trató de incorporarse pero el piso estaba demasiado resbaloso y además él se encontraba estúpido, como un sonámbulo entre el umbral de la realidad y la ficción.

Al recobrar un poco el conocimiento descubrió que estaba derrumbado en el suelo, luego se tocó la nuca para comprobar si ésta no estaba desgarrada o perforada por alguna gigantesca aguja y al abrir los ojos notó que había caído inconsciente justo encima de Ophelia y seguramente su cuerpo desnudo sobre el piso había amortiguado la caída.
Luego de recuperar completamente el conocimiento por el sobresalto y la vergüenza sucedió algo que lo impresionó todavía más, un rumor casi inaudible salía del pecho de Ophelia, estaba viva.
Al darse cuenta de aquello, Archer recuperó la compostura, se levantó como un cadáver resucitado y corrió hacia el pasillo más rápido de lo que jamás había corrido.
A pesar de que todo le daba vueltas y parecían las puertas cambiar de ubicación a cada segundo, llegó hasta la arcaica puerta de madera al fondo de todos los pasillos, detrás de la que, según había escuchado un par de veces, estaba el aposento de Madame Sinclair. Sin pensarlo demasiado abrió la puerta y lo que había detrás de ella le hizo pensar que había viajado en el tiempo. Era un pasadizo empedrado con una estrecha y eterna escalera en caracol iluminada por toscas antorchas medievales. A pesar de las antorchas la oscuridad era espesa y escalofriante, y para Archer lo era todavía más ya que en su mente aturdida las escaleras parecían retorcerse más y las antorchas girar dejando estelas como lenguas de fuego. El pasadizo era caótico y eterno hasta que al fin se cernió en frente de él una puerta al fondo del camino. Era estrecha y misteriosa y no era alumbrada por más que la última enclenque antorcha del pasaje cuya luz sólo alcanzaba para esclarecer unas extrañas escrituras celtas grabadas en la puerta.
Con una actitud muy temerosa golpeó la puerta son su gruesa argolla de plata y ésta se abrió sola como si hubiera sido empujada por una presencia invisible. Cuando la puerta se abrió frente a él, una luz cálida lo encandiló por unos instantes y lo hizo mirar al suelo revestido de terciopelo, luego a un enorme escritorio entre dos repisas colmadas de polvorientos libros, runas, pergaminos y otras extravagancias de tiempos inmemoriales, hasta finalmente mirar hacia adelante y encontrarse cara a cara con ella. Era una mujer de aspecto amenazador. Su rostro rígido y severo parecía haber perdido cualquier clase de emoción ya hace décadas, seguramente a fuerza del tiempo, el mismo que había magullado su rostro y consumido el rubor de sus mejillas las cuales ahora yacían marchitas y de una blancura que hacía resaltar sus pequeños ojos verdes asomados entre aquel abismo de arrugas. Su cabellera, intensamente rojiza, guardaba similitud con la de Ophelia y sus labios trémulos sorbían un grueso puro que sostenía con distinción con su mano esquelética atestada de raíces azules.
Archer la miraba con el aspecto aturdido de quien acaba de vivir en carne propia una pesadilla. Ella, en cambio, con la mirada inflexible, impenetrable y el semblante de quien sabe de antemano lo que le van a decir.
Archer luego de toda aquella impresión, sólo atinaba a mirarla con las palabras atochadas en la garganta y estrangulándole tanto que sentía perder la respiración y al cabo de un rato estaba tirado en el suelo jadeando bajo la mirada severa e inconmovible de la mujer.
Hasta que luego de un largo rato pudo balbucear.
-Ophelia...está herida- y perdió el conocimiento.


Capítulo 6 Cuando vuelan las Mariposas


No... Por favor no me obligues.
Un grupo de luciérnagas revoloteaban cerca de la luna, volaban en picada, en círculos, hacia abajo y al despeñadero lúgubre y atestado de retorcidas plantas.
-Adiós Hermano-.
Sus ojos se abrieron de par en par, totalmente sacudido por el adiós. Sólo pudo atinar a hacer dos cosas: llorar silenciosamente y cubrirse los ojos con ambas manos. No quería ya ver ni sentir, sólo quería disiparse en el silencio y olvidar. Su mente era un contenedor de aterradores recuerdos que lo azotaban durante la inconciencia transmutándose en las más retorcidas pesadillas que alguien era capaz de soportar. Su mente era un lienzo abstracto repleto de colores opacos y confusos, colmado de dolor e incertidumbre, mojado y endurecido por el eterno escenario de la lluvia y la nieve.
La nieve que era el escenario de todas las redundancias de su vida, que cubría su cabeza todas las tardes en la plazoleta y caía sobre sus espaldas como un peso, como el remordimiento y el pecado de haber matado a alguien de su propia familia en aquella noche de lluvia. Dentro del albo laberinto de su inconciencia, vio guiños de realidad fundirse con lo onírico, como las etéreas luces que despedía una lámpara sobre su cabeza un vacío y después, la cara difusa de la enfermera mirándolo con un gesto apático y aburrido. Mientras sorbía una taza de té caliente sentada entre dos catres, cosa que le impedía por completo ver quien era la persona que estaba recostada al lado suyo.
Ophelia, ¿podía ser ella?... ¿podía estar ella recobrándose? o quizás, ya había muerto y su esfuerzo había sido totalmente en vano. Esta idea le petrificó el alma y el sólo hecho de pensar que había muerto por culpa suya era tropezar con la misma piedra que le había condenado la conciencia de por vida. En su mente floreció la imagen de la muchacha en el pasillo como la primera vez que se había atrevido a mirarla a los ojos. Los recordó tal cual eran, empalidecidos e indescifrables, parecían guardar un secreto que sólo un alma tan solitaria como la de ella era capaz de guardar. ¿Sería posible? Por unos instantes pensó que quizás ella guardaba en su alma un peso mayor al de él y quizás era esa la razón de su personalidad porque al fin y al cabo, ¿no era acaso el pasado la razón de la personalidad de él?
Pero ahora quizás nada de eso importaba, quizás ya estaba muerta al igual que su hermana y junto con ella también muerto el secreto y el peso de su solitaria alma, así como con su hermana, había muerto el secreto del mundo de lo intangible y lo invisible.
Una mano de repente tocó su brazo.
-Archer ¡Despierta!-.
Una muchacha de cabellos negros le agitaba violentamente el brazo para que despertara y apenas Archer pudo despabilarse un poco reconoció enseguida su cara, limpia y poco perturbadora, luego de todo lo anteriormente ocurrido en su mente le parecía algo curioso que alguien reflejara tanta normalidad como esa chica. La miró como quien mira una muralla vacía y sin responder palabra alguna.
-¿Estás bien?, dime por favor, ¿que pasó contigo? Supe que hubo un accidente en el baño y que a Ophelia le...
-¡Ophelia!- gritó levantándose como un resorte de la camilla y miró hacia la cama de al lado con la respiración agitada. Estaba vacía y ordenada como si nadie la hubiese ocupado.
-Pero si hace un rato estaba en esa cama... ¿Donde está ella?- Le dijo Archer a la chica con un tono suplicante y deprimente.
-No lo sé, ¿dices que estuvo en esa cama?, yo no la vi pero no te preocupes, la enfermera me dijo que está bien, de hecho se recuperó mucho antes que tú.
-Recuperada...-susurró Archer de manera casi inaudible mientras la muchacha hablaba de manera trivial y superflua, obviamente, sin la menor idea de todas las cosas que pasaban por la mente de Archer en ese momento.
La campana de la cima de la torre resonó por los alrededores del castillo, eran las diez de la noche y el viento azotaba los árboles desnutridos que luchaban en la intemperie por mantenerse en pie aún estando prácticamente muertos, cubiertos de nieve, por las patas de los cuervos o por algo peor aún, el manto inevitable del olvido que significa pertenecer a aquel castillo cuyo nombre nadie recuerda y cuya ubicación no aparece en ningún mapa.
-Todos los que vivimos en este castillo somos presas del olvido, ¿No lo crees así Clover?- Dijo Archer mirando aquellos árboles desde los ventanales del pasillo.
-Así lo creo. No me preguntes porqué, pero creo que lugares como éstos son como un túnel del que una vez cerradas las puertas detrás de ti no puedes salir nunca más.-
Archer la miró extrañado por unos minutos, tratando de entender el porqué de sus palabras. Era ilógico que no se pudiera salir, después de todo había retirados casi dos veces por semana. Pero si ella no quería dar explicaciones por algo sería, pensó. Por otro lado estaba muy aturdido como para ponerse a sacar conclusiones acerca de dichos de otras personas.
Sin darse cuenta ambos estaban detenidos en medio del pasillo y estaba, según las reglas generales para el común de los habitantes, prohibido circular por los pasillos a esa hora.
-A veces ser parte del olvido nos ayuda a olvidar.
-¿Por eso estás aquí? ¿Para olvidar?- inquirió la joven.
-No, estoy aquí porque el destino me trajo-
Por un instante retiró la mirada de los árboles para fijarse en los ojos verdes de la muchacha.
-Si, hay algo en mi existencia que me gustaría olvidar- dijo luego de un rato, no mirándola ahora sino más bien incrustándole la mirada.
-No, es más que eso, es algo más bien que pesa sobre mi conciencia al punto que siento que jamás podré estar bien conmigo mismo, ¿entiendes?-estaba algo tartamudo y tiritaba mientras Clover lo miraba, explicándose aquella reacción causa del frío, pero lo cierto es que no era el efecto del frío, sino el efecto de aquellas palabras saliendo de sus labios y que nunca había confidenciado a nadie por ser parte de sus aprensiones más íntimas y recónditas, y de aquellas cosas que en su interior se había tácitamente prohibido a pronunciar, ni siquiera para si mismo.
-Y... ¿qué es aquello?-dijo Clover claramente interesada. A lo que Archer la miró con los ojos húmedos y dijo-Alguna vez... tuve una familia, una hermana y un día ellos simplemente...
-Murieron-interrumpió Clover con un gesto que trataba de ser preocupado pero que en el fondo solo mostraba profunda indolencia y Archer solo pudo atinar a mirarla con un gesto de total desconcierto mientras ella soltando un suspiro dijo-¿Sabes Archer?, tu historia seguramente ha de ser igual a la de mil personas más en este orfanato. Mis padres también murieron y sabes que aquí eso por triste que sea no tiene nada del otro mundo.
-Pero espera, tú no lo entiendes, yo...-
-No seas necio, obvio que te entiendo- dijo con la expresión disminuida y desilusionada de quien ha escuchado mil veces la misma historia, y poniéndole la mano en el hombro dijo:
-Mejor vete a dormir, debes descansar y yo también- con esas palabras dio media vuelta y se perdió en la penumbra del pasillo dejando a Archer solo y con la garganta hecha un nudo.
Pero... si sólo me hubiera escuchado un poco más, pensó Archer mirando otra vez por la ventana. Es verdad que en un orfanato no hay nada de original en que hayan muerto tus padres pero seguramente ninguno murió en las funestas y paranormales circunstancias en las que murieron los suyos. En fin, ya no interesa, pensó. Fue un tonto al creer que sería capaz de contarle a alguien su pasado y más aún que luego de eso le creyera.
Archer, el chico mas perdedor y aburrido del castillo tuvo alguna vez una hermana gemela maniática y con habilidades sobrenaturales. Quién podría creer semejante patraña, pensó riéndose de sí mismo, cosa que no acostumbraba a hacer ya que era de esas personas que se lo toman todo con gravedad.
Caminó apresuradamente por los pasillos solitarios y oscuros hacia la escalera al tercer piso. Recorrió el trayecto de la escala a la habitación con el típico sentimiento de paranoia que despiertan los lugares lóbregos y sumidos en el silencio. Miró hacia atrás un par de veces sin saber a ciencia cierta porqué y tan pronto logró cerrar la puerta de su habitación tras de él, sintió que al fin estaba completamente sereno. Miró su habitación con cierto alivio. Su cama se encontraba desordenada tal cual la había dejado cuando despertó y la ventana estaba abierta, dejando entrar una fría corriente con nieve casi microscópica.
Hacía un frío espeluznante en todas partes, en el pasillo, en su pieza, hasta en el baño donde había encontrado a Ophelia.
-Ophelia...- suspiró su nombre mientras miraba por la ventana abierta sin atinar a cerrarla.
¿Por qué tenía que toparse con ella tan seguido? Parecía que cada vez que la veía pasaba algo anormal. Y además las palabras de Clover, que necias palabras, no entendía su significado. Lanzó un suspiro y se tiró en la cama tratando de olvidar aquellas cosas que tan tenazmente trataban de ocupar su mente. Si hace tan solo un par de días atrás se consideraba un aficionado al arte de la reflexión, ahora lo menos que quería era utilizar su aturdido cerebro.
Esa noche Archer durmió con la mirada perdida, sus pupilas ensombrecidas y muertas miraban hacia la ventana cerrada de la habitación cuyo cristal era insolentemente sacudido por el viento indómito de aquella noche peculiar, obscura y turbulenta.
Afuera se agitaba cada rama desnuda y solitaria en los árboles y el rugido estridente del viento hubiera sido capaz de despertar a cualquiera, sin embargo todos dormitaban sin darse cuenta de que en el solitario patio trasero del castillo, sentada en el arcaico columpio de negras cadenas oxidadas, estaba Ophelia, meciéndose lenta y monótonamente, con una ligera sonrisa en el rostro que hacía de su típica mirada penetrante y enajenada algo mas tétrica y perturbadora. Llevaba en la cabeza una gruesa gasa de hospital, de la cual se asomaban sus cabellos rojos casi como chorros de sangre que podrían fácilmente haberse confundido con parte de la aterradora herida en su cabeza. Pese a aquello su actitud seguía siendo exactamente la misma, abstraída y carente de emociones salvo por aquella extraña sonrisa con la que miraba hacia la oscuridad como si fuera su compañera y aquellos árboles que en la noche se volvían formas difusas como cuerpos retorcidos de dolor que parecían agitarse al ritmo de su columpio. Y así, todas las cosas del desolado y prohibido patio trasero: la nieve fría y perpetua, las formas enmarañadas del rosal espinoso que se enroscaba alrededor de las altas rejas negras y cristalizadas por el frío gélido, también las viejas piedras medievales de granito con sus escrituras célticas esculpidas como el recuerdo fúnebre de la existencia de un pasado misterioso e imborrable. Todos ellos, eran como criaturas amigables y danzantes que se alzaban para saludarla. Ella por su parte, les dirigía una sonrisa torcida y forzosa, seguramente la única sonrisa que era capaz de dar.
Había también una gigantesca higuera frente a ella. Un árbol mucho más antiguo que cualquier cosa presente esa noche, que parecía mirarla como si entre sus infinitos surcos negros como el ébano hubiera ojos que lloraran la soledad de la muchacha, pues corría el rumor de que cuando la chica se posaba en frente de él, la sabía empezaba a correr por su tronco, lentamente hasta curtirse tomando un color rojo como la sangre.
El reloj marcaba las once y treinta y el cielo se encontraba ahora completamente despejado. La nieve sobre los guardapolvos del castillo resplandecía con el reflejo de la inmensa luna llena resplandeciendo sobre la cumbre más alta.
Todos dormían, o al menos aquellos que eran parte de la masa. El columpio del patio trasero todavía se balanceaba aunque ya no hubiese nadie en él, pues las pequeñas huellas de los pies de Ophelia seguían frescas en la nieve.
Mientras tanto, entre la completa oscuridad que yacía en todas las ventanas de las habitaciones, contrastaba la luz frágil e imperceptible de una pequeña vela prendida en la habitación ciento noventa y tres. Estaba encima del velador, y su anémica llama se sacudía estrepitosamente por los sollozos y quejidos entrecortados de Rose. Se encontraba completamente trastornada por lo sucedido hoy, y desde que llegó a su habitación luego de dejar a Sarah delirando en la suya, no podía ni pestañear. Las palabras y por sobre todo las imágenes abrumaban su cabeza. El cuerpo de Ophelia derrumbado en el piso, la falta de cordura de su amiga, la estúpida discusión y finalmente el pacto de que nunca le diría a nadie lo que pasó, aunque ocurra el peor de los casos y Ophelia muriera. Todas estas cosas le hacían ahora no poder conciliar el sueño y tener que depender de aquella destartalada vela para no volverse loca en medio de la oscuridad.
De repente la puerta de la habitación sonó débilmente. Alguien estaba golpeando. ¿Era posible? , ¿Quién puede ser a estas horas de la noche? Su mente se encontraba en un estado de paranoia capaz de hacerle figurar cualquier cosa. Se quedó estupefacta sin saber si abrir, hasta que la puerta volvió a sonar ahora con desmesurada fuerza.
-Rose, ábreme soy yo, Sarah.-
La voz familiar de su amiga le hizo al fin despabilarse y abrir la puerta.
-Sarah ¿qué haces aquí? son las once treinta- murmuró Rose haciendo pasar a su visitante. Sarah hizo una pausa antes de contestar, miró a su alrededor y dejando su mochila en el piso se tiró a la cama de Rose con aire de altanería y sus botas casi pasaron a llevar la velita en el velador.
-Que bien se ve tu habitación, tiene algo diferente... ¿la pintaste?, o es que acaso te cambiaron las cortinas- Rose solo la miraba sin decir nada.
-¿Acaso viniste sólo a preguntar eso?-
-Claro que no, no es eso, es sólo que...no sé. Tu habitación se ve más... cómo decirlo, espaciosa. Es como si faltara algo, o mejor dicho alguien. ¡Eso es!-dijo haciendo rechinar sus botas una contra otra.-Esa chica eh... ¿cómo era que se llamaba?
-Daisy-dijo Rose secamente.
-¿Qué le pasó, acaso la cambiaron de pieza?-. Rose bajó la cabeza con un gesto de ligera turbación.-Ella fue...retirada por atropellar al gato de la señora Louis ¿lo recuerdas?-
-¡Ah! sí, ahora lo recuerdo- Dijo Sarah soltando un bostezo.-vaya tonta ¿no?, atropellar a ese gato y para colmo confesarlo todo, una completa estupidez...
-¡Sarah ¿Qué demonios te pasa?!-Gritó Rose interrumpiendo la frase.- ¿No te importa lo que hicimos hoy? Matamos a alguien y tú estás tan tranquila- Añadió ya casi perdiendo los estribos.
-Oye no matamos a nadie- dijo Sarah.- ¿A qué te refieres?, no entiendo- Me refiero a que Ophelia está viva, estúpida-.
Mientras Sarah hablaba, Rose no terminaba de creerle.-Es cierto. La vi hace una hora en el patio trasero. Está bien y con una insignificante venda en la cabeza- Dijo Sarah con los ojos brillantes, ahora sentada sobre la cama mirando la luna brillar por la ventana.
-¿Es en serio?-
-Sí tonta. Nosotras nos salvamos del retiro porque ni la misma Ophelia nos vio- Dijo Sarah saboreando en su interior el placer de violar las reglas y salir impune. Mientras tanto, la cara de Rose volvía a recuperar su color, sin embargo, intuía que no era sólo para decirle eso a lo que había venido Sarah. No luciría ropa tan abrigada y menos llevaría una mochila si sólo hubiera venido a decirle eso.
-¿Qué tienes en la mochila?-
- ¿Quieres saberlo?- respondió Sarah sonriente y agachándose a recogerla.- Es nuestro próximo golpe- dijo la chica en tono infantil- ¿Acaso todavía quieres mas?, ¿no te bastó con lo que sucedió hoy? Ya no quiero más golpes Sarah. Estoy harta de violentar a la gente- respondió Rose
Al oír esto Sarah sintió algo de cólera, pero luego recuperando la compostura dijo.-Pero si no le haremos daño a nadie, sólo romperemos un par de cosas y listo. Además será la última vez, lo prometo-.Rose no se sentía capaz de nada pero Sarah profesaba una enorme autoridad sobre ella. Estaba tan acostumbrada a hacer todo lo que ella le indicaba que ya no le importaba hacerlo una vez más, con tal que fuese la última todo estaba bien.
-Bueno ya- suspiró al fin, y su amiga se precipitó al clóset para sacar ropa de invierno.
-Vístete, hace frío aya afuera.-.
- ¿Pero adónde vamos?-.
-Al patio trasero-.
En medio de aquella noche solitaria y refulgente resultó bastante fácil rondar libremente, y a pesar del temor que a ambas asediaba y que hacía parecer más apasionante la operación, continuaron su camino largo y silencioso hacia el primer piso, luego a las descuidadas instalaciones traseras hasta que se vieron de pié frente al portón del pequeño patio. Lo miraron por unos instantes. Era grueso y de madera, con un gran candado ,que al perecer sólo servía de despiste ya que se encontraba abierto, y unas escrituras que decían prohibido el paso, como si hubiera en ese patio algo más que un simple columpio, muchas piedras extrañas y ese enorme árbol.
De algún modo parecía todo dispuesto para que algún incauto quisiese entrar, pues es bien sabido que mientras más prohibido está un lugar más llama la atención de la gente.
Por eso, no era raro escuchar entre los internos toda clase de rumores sobre aquel patio.
Cuentos sobre que el lugar estaba maldito, que había una compuerta para escapar o que Madame Sinclair enterró ahí su fortuna.
De todos modos ya nada de eso importaba. Estaban allí y debían entrar, de modo que, paulatinamente y tratando de no hacer ruido, empujaron la puerta y, cerrándola tras de sí, contemplaron el enrarecido patio por primera vez desde adentro y no por detrás del cristal de alguna ventana.
Tenía más bien el aire de una catacumba con todas aquellas rocas esparcidas por todos lados. La nieve era curiosamente más inmaculada que en cualquier otro lugar que hayan visto y la completa inmovilidad de todos los elementos que ahí yacían, en vez de engendrarles tranquilidad, les hacía sentir una clase extraña de inseguridad que a ratos rozaba el pánico.
Luego de salir de aquel estado de incertidumbre, Sarah puso los ojos nuevamente en su plan. Aproximándose rápidamente a columpio comenzó a abrir su mochila y luego de mucho escudriñar sacó un gran alicate de acero y mirando a Rose dijo:-¡Qué haces allí parada, ven y ayúdame a cortar estas cadenas¡-. Rose se tardó algo en responder.-Lo siento Sarah es sólo que ese árbol me da mala espina-.
Era la higuera un árbol bastante peculiar. También era elemental para cualquier ser humano sensato que era un objeto inanimado incapaz de hacerle daño a alguien. Sin embargo, algo en su retorcida silueta negra impedía a cualquiera retirarle la vista, como si almacenara en su interior una presencia atemorizante, algo vivo, que a la menor pérdida de vista sería capaz de quién sabe qué. Sonaría loco en cualquier contexto normal, pero en aquel instante no lo parecía tanto.
Rose estaba indudablemente desconcertada por todos estos sentimientos, trataba de invadir su cabeza con pensamientos tranquilizantes, pero sólo conseguía sentirse más insegura.
Definitivamente no podía batallar contra aquel temor cuya razón ni siquiera comprendía.
-¡Vamos Rose!, es espantoso, lo reconozco y ciertamente no me acercaría a él ni aunque me pagaran, pero es sólo un maldito árbol. ¿Qué nos puede hacer?-, dijo Sarah.
Rose al escuchar esas palabras expulsó un suspiro y se dió cuenta de que el aire estaba gélido al punto de poder ella ver su propio aliento en medio de la noche. El vidrio de su reloj de pulsera estaba cubierto con una capa de hielo que apenas dejaba ver la hora. Faltaban tan solo segundos para la media noche.
Rose se acercó al columpio y sujetó la cadena con ambas manos esperando a que Sarah la destrozara con el alicate.
-Dile adiós a tu lindo columpio Ophelia…- ya cállate y córtalo rápido, quiero irme de aquí.
Sarah estaba apunto de apretar las cadenas del columpio sin embargo no pudo porque las manos de su compañera lo habían soltado.
Buscó las manos de camarada para saber dónde estaban y las encontró crispadas en plena nieve, como si algo violentamente la hubiese descolocado y su cara era de una completa abstracción. De repente sus labios se agitaron temblorosos y dijo,-¿Qué es ese sonido?
-¿Qué cosa?
-¿No lo escuchas?, está sonando, ahora mismo… es un piano.-
Pero Sarah no percibía nada por más que lo intentaba.
La sinfonía sonaba cada vez más fuerte y rápido pero con momentos pausados y melancólicos. Todo aquello comenzaba a causar un efecto de estúpida alegría en Rose.
En cuestión de segundos ya estaba danzando sobre la nieve, bajo la mirada atónita de Sarah, la cual estaba convencida de que aquella melodía de la que hablaba no era más que una faena de su mente.
-Óyela Sarah, es hermosa.-dijo Rose rondando.
-Pero…-.Y empezaba a parecerle que su amiga se había vuelto loca cuando de repente un sonido agudo le sacudió el oído. Era tan ensordecedor y detestable que Sarah comenzó a ver todo difuso a su alrededor. Las figuras entre la nieve se volvían espíritus movedizos frente a sus ojos, mientras que el sonido agudo y penetrante en su cabeza se tornaba pausado, arrítmico, distorsionado, como si alguien hubiera invertido una cinta añeja . El sonido del piano daba la sensación de estar navegando sin rumbo fijo por las aguas de algún torrente tormentoso.
Tan pronto comenzó la sinfonía en su mente, Sarah volvió a ver con claridad todo a su alrededor, sin embargo poco duró su cordura, pues sólo alcanzó a mirar que era justo la media noche en su reloj y escrutar con la mirada algún indicio de aquel pianista entre las ventanas antes de perder por completo el juicio y comenzar a transmutarse inevitablemente en una feliz marioneta.
Ambas muchachas comenzaron a danzar y a tomarse las manos en silencio, en medio de las tinieblas, dejando botadas todas sus cosas al pie de una retorcida roca que parecía manchada con algo que alguna vez fué sangre fresca.
De repente algo pasó y ambas se paralizaron dirigiendo sus miradas al pie de la higuera, como intuyendo que algo ocurriría. Miraban sus raíces gruesas y retorcidas, plagadas de formidables surcos y tajos como heridas de un cuerpo lacerado e incinerado, cuando de repente comenzaron éstas a agitarse y a formar un agujero en la tierra semejante a las madrigueras de los conejos o las heridas a tajo abierto.
El orificio parecía profundo, como para que alguien se metiese dentro, pero dentro de él, había una lobreguez que parecía no tener fin. Luego de observarlo con una mezcla de concentración y perturbación, se acercaron lentamente al hoyo, como atraídas ambas por una fuerza inevitable, hasta que quedaron las dos paradas justo en frente de él.
De haber estado ellas en todos sus sentidos, hubieran huido aterradas, pero algo las mantenía allí, paradas frente al insólito hoyo, mirando el abismo con un rostro de indestructible curiosidad.
Mientras miraban, una luz comenzó a irradiar desde el fondo del agujero. Lentamente , la luz iba aproximándose y mientras más se acercaba más forma tomaba, luego ya no era tan solo una luz , ahora tenía forma de capullo y resplandecía tanto que todo el agujero se destelló dejando a la vista sus paredes rojizas que mientras más se iluminaban, más parecían carne que tierra común.
Finalmente la rosa se quedó girando muy cerca de ellas. Entonces Sarah extendió sus brazos y, como si no se tratara de algo completamente paranormal y desquiciado, adentró sus manos en el agujero para hurtar la rosa. Y estaba apunto de tomarla cuando un pequeño ente volador mutiló su dedo meñique.
Sarah retiró la mano precipitadamente, la miró y la halló cubierta de sangre, y sobre ella, una extraña mariposa.

Entonces volvió a echar un vistazo al agujero, donde ya no había rosa sino un montón de mariposas siendo literalmente escupidas desde el interior de la higuera. Eran un perfecto enjambre, quizás miles o millones, capaces de cubrir el cielo. Y no eran mariposas comunes sino un millón de mariposas obesas con cuerpos desfigurados, pequeñas membranas y unos colmillos filosos y enormes como garras enroscadas.
Ambas muchachas no alcanzaron ni a reaccionar y ya estaban completamente cubiertas de mariposas, extirpándoles los ojos, comiéndose su piel a pedazos , sacándoles los dedos uno por uno, el cuero cabelludo , la orejas o cualquier organismo que estuviese a su alcance mientras que a su alrededor era todo sigilo y tranquilidad. Al rato ya no quedaban más que despojos ensangrentados impregnando de rojo aquella nieve que hace tan solo uno instantes había sido la mas pura e inmaculada que aya existido. Mientras tanto, las mariposas se encargaban de alimentarse de toda la evidencia para finalmente ser de nuevo tragadas por el agujero de la higuera.





































El sol eufórico de la mañana golpeó la cara de Archer tan fuerte que no tuvo más salida que levantarse a cerrar la cortina. Al acercarse a ella, la abrió por unos instantes y asomó la cabeza sutilmente por la ventana, cuidando de que nadie lo viera con aquel desarrapado aspecto de quien recién se ha levantado, y admiró al inusual sol que hoy se cernía sobre su cabeza en algo así como un perfecto amanecer de verano que, luego de aquella noche en un principio turbulenta, había nacido cargando el ambiente de una extraña y profunda calma. Bajó la mirada para observar lo único que podía ver desde allí, el patio trasero y sin duda no tenía la menor idea que por qué lo hizo, después de todo, éste se encontraba igual que todos los malditos días que asomaba su cabeza por la ventana, con la misma nevisca, las mismas rocas y la misma espeluznante higuera haciéndole sombra al pequeño columpio metálico. Nada extraño, ¿y porqué habría de haberlo?, se preguntó, si en definitiva el hecho de que estos últimos días en su vida hallan sido extraños no significa que todos vallan a serlo de ahora en adelante. Y con aquella reflexión en su cabeza se levantó, dispuesto como nunca pensó que lo estaría, a vivir un nuevo día monótono y común como a los que hace tan sólo un par de días estaba completamente acostumbrado.
Cuando llegó al salón de clases no pudo evitar reparar en Ophelia. Estaba con sus compresas en la cabeza, sentada en su puesto, con su cara de costumbre y no hablando con nadie, también como es de costumbre.
También estaba allí Clover, como siempre asediada por un montón de gente que vivía absorta en su perfecta personalidad y belleza. Y eso era porque Clover era con creces la joven mas linda de la clase, y no sólo eso, también la más graciosa, encantadora e inteligente, entre otras cosas. Y no es que Archer considerara esto por estar bajo el encandilador manto del enamoramiento, ese que nos hace opinar de manera tan poco ecuánime, sino que realmente era así.
Muchos chicos pensaban lo mismo, todos ellos obviamente mucho menos perdedores que Archer y, a pesar de que por muchas razones podría pensarse frente a esta perspectiva que Archer no tenía ninguna posibilidad con alguien como Clover, resultaba ocurrir todo lo contrario ya que, la misma Clover, muchas veces se aproximaba a hablar con él pues, según ella, era Archer el único chico con el cual podía mantener un diálogo interesante. También le parecía un muchacho de lo más pintoresco y divertido, con todas sus extravagancias, su torpeza social y toda esa loca adicción a los libros escritos por pseudointelectuales, como ella llamaba a los sofistas, decontruccionistas y toda esa calaña de pensadores que Archer gustaba de leer.
Por su lado Archer,al pensar en aquella relación en su vida que era lo más parecido que tenía él a una amistad, no podía evitar soltar una estúpida sonrisa ya que, a pesar de que estaba cabalmente conciente de que Clover nunca lo iba a considerar como algo más que un conocido con el cual pasar un buen rato, se sentía feliz de tener alguien con quien platicar porque , aunque a parte de él no le agradase admitirlo, hasta la gente como él anhela tener compañía de ves en cuando.
A pesar de que en ese instante lo único que quería Archer era hablar con ella, se dio cuenta de que no tenía la personalidad para acercarse y optó por sentarse en su puesto en total mudez.
Estaba tan absorto en sus pensamientos que no se dio cuenta de que habían dos espacios disponibles en la fila de al lado. Estaban totalmente limpios, sin libros ni nada, como si fueran ocupados por un par de espectros.
De repente una luz se encendió en el altavoz del aula e inmediatamente una tonta musiquita comenzó a sonar , haciendo que todos inmediatamente se enmudecieran y miraran hacia el pequeño altoparlante colgado en la pared como si eso sirviera para escuchar mejor lo que estaba a punto de decir. Todos sabían lo que aquella musiquita simbolizaba, por eso estaban atentos y expectantes esperando a que la señora dijera el nombre del nuevo “afortunado”.
-Estimados residentes- dijo ásperamente el altavoz. Tengo el agrado de informarles que dos piezas de nuestra querida comunidad han abandonado el castillo para iniciar una nueva vida, en el exterior, con sus familias adoptivas que esperamos les den una formación, apoyo y buen trato como el que se les dio aquí. Seguido de estas palabras, todos asintieron mecánicamente y sin hablar, cosa que les hacía lucir como unos auténticos zombis. Archer sólo miraba los dos rincones vacíos adivinando lo próximo que el megáfono iba a decir porque se sabia ya de memoria todo el estupido discurso “con orden y estabilidad, se llega a la felicidad” es pura mierda. No es más que una encantadora manera de decirnos que vivir en este castillo siguiendo una misma rutina todos los días te hará feliz, cavilaba Archer mientras lo escuchaba. Sin embargo no era él el único que pensaba en ese instante ya que, al otro lado del salón y entre un grupo de muchachos que miraban el megáfono con cara de sumisa estupidez, estaba Clover, con un gesto de recóndita aflicción y temor, negando ligeramente con la cabeza ,como quien presencia un hecho que está completamente mal.
-Sus nombres son Rose, número 442 y Sarah, número 41. Con este mensaje me despido, retornen a sus actividades y recuerden “con orden y estabilidad se llega a la felicidad.
Ahora Archer estaba completamente pasmado. ¿Sarah y Rose? Cómo había podido ser tan necio. Ellas habían sido de seguro las que le hicieron eso a Ophelia y, seguramente, ella le dijo a su madre por lo que ella hizo lo que siempre hace con los insurrectos: descartarlos. Y lo más seguro es que en realidad las hayan transferido a otro orfanato o algo así, de lo contrario, sería muy ilógico que la retirada de Sarah y Rose tuviese otra causal y más aún que las hayan adoptado como Madame Sinclair dice porque, ¿quién acogería a dos chicas capaces de cometer semejante aberración?
Durante la clase y en su camino por el pasillo, Archer no pudo dejar de pensar en eso, y luego, en la hora de descanso, fue a darse un recorrido por la habitación de Rose sólo para tener el placer de verla totalmente vacía.
Seguramente ya quemaron sus cosas, pensó. De todos modos, no sabía a ciencia cierta si las quemaban o no, pero eso se decía, porque se las acarreaban y nadie nunca sabía a donde.
Luego de su estúpido e inútil vagabundeo por las habitaciones de Sarah y Rose, Archer fue a encontrarse con Clover. En la puerta del aula lo había detenido para decirle que de algo importante debían discutir, pero no le dio mas detalles. ¿De qué querrá hablar conmigo?, pensó Archer, sospechando que debía tratarse de algo serio, porque desde que divulgaron el retiro por el altavoz su cara no a sido precisamente feliz.
Quedaron de verse en la biblioteca ya que a esa hora no entraba nadie en ella y era ese un lugar que ambos conocían bien. Cuando Archer llego, lo primero que vió fué a Clover afirmada en el escritorio más viejo que da hacia la ventana y su largo cabello dormía sobre el escritorio. El se sentó justo en frente de ella a lo que ella le saludo de manera no muy atenta y volvió a mirar hacia fuera por lo que Archer dijo:-¿Qué te pasa? te advierto bastante preocupada luego de lo de Rose y Sarah y por lo que yo sepa ellas no te caían muy bien.
- No es que me hallan caído bien o mal... se sencillamente... o que les sucedió.+
-No es nada tan grave. Solo hicieron algo malo y se fueron, como muchos otros se han ido.
-Es que... no se. Todo me parece tan raro. La forma en que se van, siempre sin dar ningún aviso a nadie y por alguna razón a nadie le importa.... y siempre se van los insurrectos, los que menos siguen la rutina... ¿No te parece raro? ¿No debería ser exactamente al revés? ¿Que lo ordenados se vallan y los insurrectos se queden? Es como si se deshicieran de la escoria.-
Clover miraba a Archer esperando una contestación.
-¿Qué tratas de insinuar eh? es obvio que los adoptan o los transfieren, ¿qué mas pueden hacer con ellos?-.
-No le se Archer, pero me da muy mala espina y estoy segura de que en el fondo a ti también. Por eso hablo contigo, porque se que piensas diferente...-dijo Clover tratando de mirar hacia los callejones por si había alguien escuchando mientras que Archer se roía la uña del dedo pulgar pensando en lo próximo que iba a decir.
-Es que tu punto es completamente absurdo. Tu estas suponiendo que no nos adoptan, lo cual es ilógico porque por algo esto es un orfanato ¿no lo crees? extravagante y misterioso pero un orfanato al fin y al cabo-.
Clover pensó por unos segundos.
- Y que tal si eso no fuera el fin de este lugar. Piensa Archer, ¿alguna vez has visto a alguien aquí manejando papeles de adopción?-.
-La verdad es que no- dijo el un tanto desconcertado.
-Y por otro lado, si madame Sinclair te llamara mañana a su oficina para decirte que vas a ser adoptado me lo dirías ¿o no?
- Supongo que si. Eso seria lo mas lógico-.
-Y claro. Es obvio, pero el caso es que eso aquí no pasa. La gente solo se va como de la nada, sin contarle a nadie ¿no te parece raro?-
-Si, en realidad es raro. Pero Rose y Sarah eran mejores amigas. Lo más posible es que amas lo sabia y decidieron guardárselo como un secreto entre las dos. Quizás por eso también hicieron la locura del otro día.-
-No lo creo Archer. Yo tuve una amiga, mucho antes de que tu llegaras a aquí. Se llamaba Johann y compartíamos la habitación un da cualquiera se fue y ¿crees que me dijo algo?, no y a mi que era su mejor amiga, entonces, ¿cómo me explicas eso?- Dijo Clover con una expresión de recóndito desasosiego en el rostro. Archer solo la miraba sin saber que decirle. Sus evidencias eran ciertas, pero su teoría suponía una completa locura.
-lo siento Clover pero lo que supones es demasiado ilógico como para ser verdad.
Si no los adoptan ¿Qué crees que pueden hacer con ellos? ¿los hacen desaparecer o algo así?-.
-no lo se Archer. No lo se, pero no me quedare a averiguarlo-.
Y diciendo eso se retiró aceleradamente, perdiéndose detrás de una pesada estantería y dejando a Archer solo y confundido.


Casi una semana había pasado ya desde aquella plática entre Clover y Archer y todo parecía ir entre los dos de manera ilusoriamente normal. No se hablaba del tema y Clover parecía haber desechado esa idea loca de su cabeza o al menos eso pensaba Archer. No había escuchado él ideas tan locas desde las de su hermana, sin embargo sabía que Clover no estaba loca, quizás, solo un poco asustada y las cosas que dijo ese día fueron solo necedades de las cuales ya seguramente estaba arrepentida. Así que, resueltamente pensó que lo mejor seria pedirle disculpas por haberla tratado como una loca ya que, después de todo, hasta una chica tan madura y perspicaz como Clover podía tener ideas erradas de vez en cuando.
-Ah. En fin-dijo en voz alta entremedio de un suspiro.
-Mañana cando la vea le pediré disculpas, Y apagando la lamparilla de su habitación se quedo adormilado sin más luz que a de la luna llena asomándose por su ventana.
A la mañana siguiente despertó entre las frías murallas de su habitación con una emoción angustiosa, como la de quien presiente que hoy se hará realidad su peor pesadilla y con la frente empapada en sudor. Había tenido un mal sueño, mas las imágenes que en el había visto se iban evaporando de su conciencia rápidamente, hasta ya no ser más que un cúmulo de sombras sin significado. A pesar de ello no trataba de recordarlo. Lo último que pretendía para el día de hoy era quedarse abrumado por aquellas alucinaciones infundadas por su ingrato inconsciente. Transitó por los pasillos con la mirada enajenada de quienes tratan de materializar en el conciente alguna concepción que apenas asoma un meñique por la laguna de la inconciencia e iba de un modo tan distraído que casi colisiona contra una muralla. Apenas llego al recinto saturado de todas aquellas mentecatas personas recordó aquello que tanto buscaba recordar sin conseguirlo.
-Anoche quedé de disculparme con Clover-
Pensó tratando de buscarla con la mirada, mas su mirada no la encontró ni al primer vistazo ni al segundo ni al tercero.
-¿todavía no llega? Que extraño en ella llegar atrasada-
Caviló, conjeturando que obviamente iría a llegar pronto y que el la esperaría tan solo unos segundos, pero pasó una hora o dos y la chica todavía no asomaba por ninguna parte.
¿Qué diablos te paso Clover? Era esa oración la única que se repetía una y otra vez en su mente en aquel momento. Lo único posible era que se hubiera enfermado pero aun así le parecía anormal, no solo por el hecho de que ella nunca se enfermaba sino también porque nadie, siquiera los chicos que la hostigaban todo el tiempo sabían el por qué de su desaparición. Las horas pasaron sin el menor indicio de la muchacha y todo transcurría de manera normal y completamente fastidiosa, mientras Archer masticaba la uña de su pulgar derecho, en un gesto de instintiva preocupación, mirando a través del cristal de la puerta y pensando que quizás ya era la hora de ir a buscarla y dejar de quedase allí, como un tonto preocupado. Finalmente, luego de meditar le que haría tantas veces que hasta se volvió innecesario, se levantó de su silla y se fué con destino a la habitación de Clover.
No quería ir a buscarla en la enfermería, la ultima vez que estuvo en ella, esta le regalo un recuerdo nada agradable y además, tenía en su instinto el fuerte presentimiento de que la conversación del otro día, alguna conexión guardaba con esta extraña desaparición.
Cuando apretó la manilla de la puerta 342, se dio cuenta de que esta estaba trancada por dentro, lo cual era bastante curioso para una puerta de habitación fabricada, al igual que la mayoría de las puertas del castillo, sin candado alguno. Trató de forzarla para que rompiera y así destrozar el alambre o tabla o lo que sea que la estuviese trancando pero todo esfuerzo fue inútil. Entonces solo le quedó apegar la oreja a la puerta y luego de minutos de concentración pudo escuchar el silbido del viento estrepitoso golpeando los vidrios de la ventana y el rumor de un extraño vibrar permanente semejante al sonido de un montón de figuras de porcelana temblequeando al viento. Todo parecía indicar que la ventana estaba abierta de par en par, pero ¿donde demonios estaba Clover? ¿Podrá ser aquello que en la cabeza de Archer se estaba gestando?
-¡Clover!- Vociferó golpeando la puerta con la palma de la mano.
- ¿Que estas tramando?-
, y trato de apegar más la oreja a la puerta con el afán de percibir alguna contestación.
-¿Quién es?
-Soy Archer, ábreme-
En los segundos siguientes no se oía más que unos pasos cautelosos por la morada, hasta que la puerta se abrió de reojo y una mano enfundada sujetó a Archer para hacerlo entrar en la habitación.
La ventana, en efecto, estaba abierta de par en par. En el suelo se encontraban propagadas un sinfín de objetos como si la habitación hubiese sido ultrajada en busca de algo muy bien escondido. Había en el suelo además, una valija atiborrada de cosas y un porta documentos con una copia de su cedula de identidad, unos billetes amarrados con un elástico, un ovillo de escritos de papel cuaderno y un trozo de periódico bastante pasado de la sección de accidentes. Este último documento llamó la atención de Archer pero cuando se aproximó a quitarlo del suelo para comprenderlo, Clover se lo arrebató bruscamente de la vista diciendo que a él eso qué le importaba.
Archer se extrañó por la reacción inusual de Clover, pero más se extrañó de ver todas aquellas cosas tiradas por todos lados además de aquella actitud completamente desconcertante de faltar una jornada completa a sus labores y trancar su puerta con una viga.
-¿A dónde piensas ir con esa maleta?-preguntó Archer mirando a Clover la cual seguía haciendo sus pasmosas labores como si él se hubiera marchado ya. Al rato ella lo miró gravemente y susurró casi para sus adentros:
-Supongo que tendré que decírtelo-.
- Por supuesto. Eso es lo que espero-.
-Archer…me largaré de aquí...-.
-¿Ah? ¿Pero donde? ¿Cómo vivirás? ¿Qué harás?...y así comenzó a agobiarla con un sinfín de preguntas.
-¡No lo se demonios!-gritó Clover ya exasperada de tantos cuestionamientos.
-No lo sé, pero no me quedare en este castillo maldito donde nadie es dueño de su destino-reclamó Clover con el equipaje ya en el hombro y con sus cabellos dejándose sacudir por el hálito de la ventana.
-Y pienso Archer… que tu deberías hacer lo mismo.-
-¿Cómo se te ocurre semejante locura?, no tengo donde ir y además este castillo esta ubicado en nada, a kilómetros del pueblo mas cercano. Antes de encontrar cualquier señal de vida morirás de hipotermia en medio de la nieve.-
-Archer, eres un triste pesimista. No se que te habrá ocurrido en la vida que te hizo ser así, pero prefiero mil veces la tempestad de la nieve que la…-titubeo un segundo antes de decirlo- la paranoia que me inspira este lugar.-se tumbó entonces totalmente hacia la ventana dándole la espalda a Archer en un esfuerzo por reservar el matiz de su semblante.
-Este lugar…no es seguro.-
Y eso era lo que ella sentía. Y lo venia sintiendo desde hace mucho tiempo, desde la misteriosa partida de Johann hasta la resientes desapariciones de Rose y Sarah. Algo le decía en el despeñadero de su inconsciente que había un extraño peligro que convivía con el castillo y que alarmaba su instinto del peligro constantemente al punto de sentirse como una rata en un laberinto. Y así vivía, pensando que cualquier día podía sucederle lo mismo, estudiando los casos y tratando desesperadamente de sacar alguna conclusión que apagara un tanto su paranoia, pero por mas que lo analizaba menos lo entendía. Era todo como un rompecabezas cuyas piezas estaban acopladas a la fuerza. Una vorágine de misterio e incoherencia. Entonces se frustraba y aturdía y, con la latente huella de la paranoia nunca apaciguada, trataba de ser la mejor en todo, la más popular, la más inteligente, la más bella, la nunca insurrecta. Y así, iba poco a poco tanteándose el terreno, sin cometer ningún traspié que le costara el retiro, como quien sabe que camina sobre un campo minado y toma hasta las precauciones más estúpidas.

Y de algún modo, Archer sentía lo mismo, solo que él lo interpretaba y exteriorizaba a su modo. Nadie más que él sabía lo que era sentirse como una rata aterrorizada dentro de aquel castillo. Sin embargo, estaba tan acostumbrado a coexistir con su propia manía que cuando tenía aquellos espeluznantes sueños donde se veía a si mismo como una sombra frente a las cenizas de su patrimonio, los ignoraba. Trataba de convencerse a sí mismo de que aquellas fantasías no tenían ningún significado y así, las olvidaba, para quedar estas en las arenas movedizas de su inconciente traumatizado.

Justamente en ese momento, Archer trató de desenterrar aquellos sueños, aquellas huellas, como si las palabras de Clover hubieran hecho despertar las secretas aprehensiones que ambos compartían. Y púsose muy absorto mientras miraba a Clover salir con su valija a la espalda por la puerta, y dijo:
-Iré contigo hasta donde pueda llevarte, sin embargo no creas que me escaparé pues no soy tan arrebatado como para eso.-
Y al escuchar sus palabras Clover hizo una mueca complacida y le llamó con el brazo izquierdo para que la custodiara en silencio y de ese modo se pusieron ambos en marcha.
Mientras seguía Archer los movimientos sigilosos y rápidos de Clover por los pasillos tranquilos de la planta baja posterior, pensaba en la suerte que podría correr Clover aya afuera en la tormenta. Realmente temía por su seguridad y deseaba de algún modo poder convencerla de desertar de su loca idea. Pero sabía bien como era la personalidad de Clover y esta no le haría caso aunque él se arrodillara puesto que era de esas personas cuyo arrojo no puede ser detenido.

“Prohibido el paso”, Decían las letras cuyo mensaje hizo por primera vez en esa noche convulsionar el estomago de Archer, pues se daba cuenta de lo enserio que iba su compañera y de lo repulsivo que era el ambiente en la parte trasera del castillo, pues todo tenia el matiz de una época primitiva y vetusta, y aquello le hacia recordar su segundo y chocante encuentro con la vieja.

Empujaron la puerta que de todos modos ya estaba sutilmente abierta y enseguida les abofeteó en la cara un denso aroma a carne congelada como si se hubieran internado en un sórdido matadero.
Entonces miraron ambos a su alrededor , como tratando de indagar en el origen de dicho hedor insoportable, mas solo se tropezaron con las antiguas piedras cual lapidas y el descompuesto columpio de fierro y madera cuya mesita de tablas ,como si hubiera estado alguien hace apenas unos instantes sentado en el columpio, se agitaba lánguidamente.

Detrás de todo aquel silencioso y marchito escenario estaba la higuera. Dantesca y grave, se erguía sobre todas las piedras como una gigantesca montaña y sus gruesas y arqueadas ramas eran como brazos fornidos y deformes con garras y plagados de cuervos, que con sus obscurecidas cabezas y brillantes ojos tapaban el sol de día y la luna de noche. Y sus negras plumas, al emprender el vuelo, se desplomaban meciéndose en los brazos del viento, y a través de los copos de nieve, como pétalos gélidos que caen de las flores de un negro cerezo.
-¿Por qué este patio?-
-¿Eh?...
-¿Por qué este patio y no otro…?
Estaba demasiado concentrada como para atender a las palabras enseguida.
-Porque este es el lugar mas fácil para escapar…
Si te fijas bien, verás que en las rejas del fondo del patio, justo detrás de la higuera, es donde más alta está la nieve y eso es, por consecuencia, donde es más fácil trepar la reja-
Él solo miró como entumecido la parte posterior del árbol y, evidentemente, detrás de él, la nieve hacía una suerte de montículo que sepultaba la parte inferior del enrejado, haciendo mucho más factible treparse por éste. E incluso- repuso Clover- podría yo hasta treparme por el mismo árbol juzgando la robustez de su textura ¿no lo crees?
Archer no respondió. Solo miró el retorcido cuerpo soterrado en la nieve con cierto aire de respeto e imaginó a Clover trepando por él con aquel sobresalto que engendra ver la profanación de algo cuya presencia despierta alguna clase de fervor místico.
Por su parte, Clover no estaba muy preocupada por recibir alguna contestación, pues lo único que ocupaba su mente ahora era un cegador manojo de memorias de la infancia. Cosas que Archer ignoraba y que a veces hasta ella misma creía desconocer.
Aquellos espectros del pasado se agolpaban en su mente como nubes de pura nostalgia y no le dejaban ver, de momento, ni lo que hacía.
Parecía, al cabo de unos instantes, en un pasmado estupor de recuerdos, semejante a un semi-estado de coma.
-¡Clover!, ¡Clover!
Sintió la voz en los suburbios de sí misma, como gritándole desde fuera de una húmeda caverna.
-¿Qué te pasa? No me digas que ya recapacitaste, porque si es así vámonos ya.
-No Archer, no e recapacitado.
Él la miró sin disimular su disgusto
-Hay cosas… que tú no sabes de mi… No soy como el resto de los chicos y realmente no merezco estar aquí. Veras... Este... No es mi lugar…
La intemperie comenzó a oscurecer repentinamente.
-Sé que tus padres murieron, y créeme que nunca quise burlarme de ti…- y se enmudeció por un instante, como temiendo decir la próximas palabras.
- Anda, no te preocupes por nada que tengas que decirme, sabes que odio los sentimentalismos…- y él también calló-… y todo eso… así que solo…vete.
Señalaba él estas palabras no sin un considerable temblor en el labio inferior y una expresión de allanamiento y letargo y, casi como pretendiendo que fuera notorio todo aquel padecer delirante que experimentaba, volvió a decir- Vete.
Luego Clover, mirándolo casi sin mirarlo físicamente y volviéndose a sumir plenamente en sus propósitos, se dirigió hacia el árbol con su bolso a la espalda. Definitivamente, el desconsuelo de Archer no significaba nada para ella.
Al instalar el primer pie de apoyo sobre la gruesa raíz del árbol, creyó advertir una mancha de sangre en su botín pero enseguida la ignoró y plantó el segundo pié. Luego, extendiendo su mano derecha en un esfuerzo por no tener que escalar tanto tiempo, agarró una gruesa rama que se encontraba muy en lo alto. En seguida tendió el otro brazo a la rama, quedando suspendida de ambos brazos y con las extremidades apuntaladas en las zanjas hondas del tronco.
Un cuervo cuyos ojos parecían inflamados de sangre le miraba desde lo alto mientras que Archer le observaba desde el otro punto del patio, apático y con gesto fracasado.
De súbito, un viento inexplicable sacudió hasta las lapidas enmohecidas y la alta rama a la que estaba agarrada Clover perdió de repente toda su consistencia y se quebrantó abruptamente , como un hueso descuartizado por el sádico capricho de la naturaleza.
Clover se hundió en el suelo violentamente, como un monigote y con el trozo de rama aún entre los dedos. No pudo evitar que su cara diera de lleno contra la porosidad del tronco, se arrastrara hasta las raíces y finalmente cayera sobre la escarcha fría e impasible.
Archer estaba alarmado y creyó que corría a auxiliarla pero sus pies estaban fallecidos en su sitio por alguna razón inexplicable, incomprensible.
Hubiera sido más factible desacoplar unos grilletes que salir de aquel misterioso estado de embotamiento.
Los ojos de Clover estaban velados por las lagrimas gruesas y azules que caían en preciosa verticalidad de sus ojos , al suelo, bajo la túnica grisácea de su tenue sombra , como si trataran de fregar las múltiples manchitas de sangre que quedaron en el piso luego de aquella caída tan forzosa.
-Clover… ¿Estas bien?- Gritó Archer tratando de hacerla reaccionar pero no hubo réplica. Ella estaba absorta. Sus pupilas se agitaban convulsivamente de un lado a otro, pero ¿Qué le pasaba? ¿Por qué no contestaba? No lo sabía y en aquella perspectiva era incapaz de advertir su mirada extraña e ida, debatiéndose entre el umbral del sueño y la vigilia.
“¿Estoy soñando?” Parecía que sus pupilas querían huir de sus ojos.
“Mis manos… ya no las veo” y comenzó a verter lágrimas sin saber porqué mientras que sus brazos se sentían como anegados en un manojo frío y acuoso de viseras animales. Y no los veía. De un momento a otro dejó de ver por completo o de tener conciencia de su propia corporeidad. Ya no eran sus brazos tan solo, ahora lo eran también sus muslos, su pecho y su cara, que ya no sentía las raspilladuras de la caída, pues todo lo físico se volvió para ella como una sombra intocable, pegada en el piso como en un plano existencial paralelo e incapaz de ser manipulado por el alma.

-¡Clover! …¡Clover!

Archer estaba alucinado, sus piernas podían moverse ahora, mas todavía no se daba cuenta, razón por la cual solo atinaba a contemplar temeroso como la tierra a los pies del árbol se la tragaba lentamente.
De ella solo quedaban sus piernas rígidas como las de un cuerpo embalsamado que poco a poco se iban hundiendo en la nieve, allanándose y perdiendo todo el sentido, y concibiendo los alaridos de Archer más que como un sonido, como una maraña de manchas revolviéndose retorcidas en un fondo negro.
Corrió desesperado a retener uno de los pies de Clover que se hundían cada vez más en la tierra., pero ya era tarde, el cuerpo de la muchacha ya estaba demasiado penetrado en el suelo y aquella fuerza de atracción que la sumergía lentamente bajo la tierra era demasiado para el inestable cuerpo de Archer que, además de ser frágil, estaba atontado por el temor.
Pronto sus manos se hundieron también bajo la tierra, y así, pasó de nuevo a una especie de estado abstracto, similar al que había experimentado al ver el cuerpo de Ophelia pero algo más recóndito e incontrolable, más carente de sentido, más alejado de su propia psiquis. Algo que sencillamente no podía estar ocurriendo tan solo en su mente.

Un eco cauteloso y susurrante como de cascabeles silbando al viento fue lo primero que hizo a Archer darse cuenta de que había recuperado sus sentidos o al menos la audición y luego, el cosquilleo de algo húmedo, áspero y casi pinchante que le rozaba desde el piso, causándole un tenue estremecimiento en la punta de los dedos. El sonido de los cascabeles o quizás ahora luciérnagas revoloteando se hacía cada vez más cerrado entretanto que sus parpados vibraban y dolían como si nunca los hubiese usado antes.
Cuando abrió los ojos sintió un sobresalto tremendo, pues lo que vió sólo se podía comparar con el espejismo más nítido e insólito que alguna vez haya tenido. Un cielo celeste, cargado de nubes inmaculadas y henchidas se aparecía frente a sus ojos. De repente un viento fresco y casi fragante sacudió su cabello y un puñado de agraciadas hojas verdes y pétalos color blanco se elevaron por el aire cálido, suave, como si hace tan sólo unos segundos antes no hubiese estado prácticamente sepultado en la tormenta.
Ante tanta confusión se incorporó aturdido, tocó el suelo con las manos y descubrió ya no era nieve lo que lo sostenía sino pasto, pasto verdoso y atestado de margaritas como tan solo los había visto en los dibujos de los niños o en las postales.
También se percató de que no había castillo, ni cercas, ni piedra ni árbol ni patio. No había nada. Tan sólo una inmensidad eterna de maravillosos árboles verdes y hierba y más hierba que llegaba hasta el horizonte.
Estoy alucinando, pensó, pero todo era tan real y las sensaciones tan finas que no tardó en darse cuenta de que no bastaría que tan sólo se pellizcara para despertar.
Sintió una mano encrispada inmovilizándole el hombro y el corazón casi se le sale por la boca del espanto. Se tumbó casi dando un grito y vió que la mano que le había retenido el hombro estaba ahora saludándolo tiernamente. Era, para su gran alivio, la mano de Clover.
La chica ya estaba de pie y parecía haber recuperado el conocimiento hace ya mucho tiempo, puesto que se había sacado la cazadora, los botines y hasta se había tomado el tiempo para cortar algunas margaritas y ponérselas en el pelo.
Archer no pensaba nada, estaba completamente atolondrado y ahora resultaba que en este extraño espejismo también estaba Clover. ¿Qué diablos iba a pasar ahora? ¿Aparecería Ophelia o algo por el estilo?
-Ven, acompáñame, tienes que ver esto- la chica comenzó a gritar mientras le tiraba a él el brazo para que se levantara del suelo.
-¿Qué pasa?
-Tienes que verlos… son maravillosos- Repetía Clover una y otra vez mientras Archer la miraba sin entender en lo más mínimo.
-¿Quiénes…Qué cosa? No te entiendo nada.
-Ellos…los habitantes de este lugar… viven en… casas. Allá en lo profundo del bosque- indicó señalándole con el índice hacía atrás mientras seguía jalándole el brazo testarudamente.
Él miró hacía donde Clover señalaba, pero sólo vio el mismo eterno horizonte de pasto y margaritas.
-Yo no veo ninguna casa por ahí. ¿Estas segura de que no imaginaste todo aquello?
Ella solo seguía con su sonrisa de oreja a oreja, tirándole el brazo.
-Claro que no las imaginé. Es cierto, si fueron ellos los que me cortaron estas margaritas y se quedaron con mis zapatos y mi chaqueta, tonto.-
Finalmente, Archer se levantó de suelo y, no sin cierto escepticismo, siguió los pasos de Clover a través de la pradera.
Pero esto es un sueño sin duda. El hecho de que sea absurdo encontrar un bosque no tiene la menor incidencia aquí. Basta con que desee imaginar que tal bosque aparece y éste aparecerá ¿No es cierto? Pero llevaba un buen trayecto deseándolo y todavía no pasaba nada, cosa que le hacía por segundos dudar de la calidad de ilusión de todo aquello.
De repente, cual si la tierra fuese cuadrada, se acabó el horizonte de pasto y Clover se quedó para mirando hacia abajo y esperando a que Archer la alcanzara.
Cuando él llego a observar el despeñadero negro en el que al parecer finalizaba todo, le asaltó una mezcla de asombro y desengaño. Estaba a punto de decir te lo dije cuando Clover dijo:
-Ahora saltemos.
-¿Qué? ¿Quieres que salte a ese abismo? Exclamó volviéndose a persuadir de que todo era un sueño.
-Si-Respondió.-Sólo así llegaremos a las casitas.
-Esto es una locura- Musitó Archer mientras ella se disponía para saltar.
-¿En serio piensas saltar?...espera…Clover! ¡Clover!- Y se quedó parado gritando solo mientras la silueta voladora de la joven se hacía cada vez más pequeña y se disipaba en el abismo.
-Diablos, ahora voy a tener que saltar. ¿Es esto realmente lo quieres, maldito inconciente?
Qué demonios significaba todo esto, realmente prefería las pesadillas que tenía habitualmente a este mentecato sueño atestado de margaritas y con un abismo.
Finalmente pero no sin un largo titubeo, saltó. Y no podía creer que lo hubiera hecho.
Estaba flotando en el vacío, pero la sensación duró poco porque bastaron unos segundos cayendo para que sus pies tocaran tierra firme. Y así, sin darse cuenta, estaba de nuevo en pie, intacto, sin ningún hueso roto y mirando desconcertado para todos lados porque, sin duda, la extraña pradera en la que había estado hace algunos instantes no era nada comparado con el surrealismo que reinaba en el lugar en el que se encontraba ahora.
La noche se había apoderado del lugar, mas no era una noche cualquiera. Era una noche omnipresente, perenne, en la que no existían ni luna ni estrellas como si el espeso y turbio vacío de oscuridad de aquella noche se los hubiera tragado sin misericordia a todos.
A pesar de aquello, en dicha penumbra pesada y casi tangible se podía ver.
Había pasto también, pero estaba casi pútrido, parecía mas bien un montón de patas de arañas y despedía una irradiación verde e intermitente daba la sensación de venir de pequeñas chispas luminosas en el suelo. También en aquel suelo, había unos extraños frutos rosáceos que vibraban como gelatinas dejando a la vista sus raros surcos como venitas de colores y que a Archer más bien le parecían pequeñas placentas o embriones de pescado.
Más delante de aquello, no había mas nada. La noche se volvía una bruma y se acumulaba frente a sus ojos, tapándole el resto del pasaje. Era como si la noche tratara de contenerle en el lugar más pulcro y seguro de aquel sitio de pesadillas, porque ahora, sin duda alguna, esto ya no se trataba de un sueño bonito.
Desde la negrura volvió a sentir el llamado de las luciérnagas, primero sutil y luego más potente, tal como lo había percibido durante su inconciencia.




Clover…




¡Clover!


Una misteriosa reverberación de sus propios gritos le golpeó el oído. Era como si estuviera dentro de un santuario pero al aire libre.


-¡Ven Archer!- le respondió su propio eco desde el crepúsculo.

El chico se quedó pasmado un momento sin saber si avanzar era lo mas coherente pero luego, la oscuridad se disipó tenuemente dejándole ver un trecho mas del camino que ahora tomaba la forma de una senda circundada por tupidos árboles torcidos y con troncos como cuerpos de serpiente.
Notó que mientras más se aventuraba a avanzar, más se iluminaba el camino, aunque con una luz que no pasaba de ser un sosegado vestigio de penumbra, pero que en una oscuridad tan espeluznante como aquella parecía incandescente.
De repente dio un paso adelante y notó el que el pasaje dejó de alumbrarse a su paso. Entonces, creyó que las tinieblas se lo comían vivo y que el frió se apoderaba de su cuerpo. Retrocedió aterrado por aquella sensación, y cayó sobre el resplandeciente pasto con los ojos como taimados, mirando la penumbra que sintió casi se lo había comido.
Por la sombra se asomó una silueta blanca como la cal y con los pies desnudos. Era Clover, ahora no tan sonriente y con una mirada que se aproximaba más a la muerte que a la vida.
- Archer eres un tonto. Estas haciendo esperar a mis amigos y a ellos no les gusta esperar.-
Archer poniéndose de pié le tomó la mano en un gesto que escapaba de su voluntad y se sumergieron ambos en las sombras.

-Clover… ¿Dónde estamos?

Sus pasos le pesaban cada vez más y el camino que estaba completamente sombrío le era a su mente indiferente. Era como si lo distinguiera todo a pesar de las tinieblas. En ráfagas de luz intermitente se perfilaban en su mente entes desfigurados que le parecían tan cerca como lejos. Eran casas, casas pequeñas con ese chocante pasto que parecía un océano de arañas. A momentos creía percibir ramas ¿o era otra cosa extraña y retorcida? No tenía la menor idea. La mano de Clover le oprimía y creía ver a ratos hasta sus venas color índigo a través de la membrana casi traslúcida de su piel ¿o eran grietas? ¿Se estaba Clover quebrantando? ¿Desfigurando en este universo caótico? Posiblemente al fin había llegado el momento que tanto temió desde la muerte de su hermana. Se había vuelto loco y ahora, solo le quedaba esperar en la incertidumbre de su último rastrojo de cordura, las tretas retorcidas que podría de ahora en adelante su mente misma jugarle.
De la penumbra salió una larva enorme y extraña. Se acercaba cada vez más a él y se volvía mas evidente su figura amorfa aún para un insecto, su cabeza humana, su abdomen viscoso y peludo mezcla de parásito y algún mamífero y sus ojos, amplios y vacíos con enormes pestañas que se sacudían en su revolotear errante y convulso a través de la noche. Archer, que estaba entumecido por la sola repugnancia, creyó advertir que ese aquella aberración estaba llorando, mas no le importó.De todos modos aceptaba todo lo que sus sentidos le exhibían con cierto aire de resignación, por un lado convencido de que se había vuelto loco y no había nada que hacer y por otro esperando despertar y, con tal de amparar viva aquella expectativa, era capas de contemplar cualquier cosa.
En aquel instante, parecía él no tener conciencia de su propia movilidad, solo miraba y sentía ignorar el resto de sus sentidos y según eso, todo era propio de un sueño, pero cuando la polilla se le paró en la mejilla y pudo él sentir sus pequeñas pezuñas sobre el epidermis y luego, aquel gemido metálico, palpitante, errático, en el que creyó oír su nombre, le entró un pánico indescriptible ante la sola idea insipiente e implícita de que todo aquello fuera real.
De repente la mano de Clover le soltó violentamente y se esfumó de nuevo en la oscuridad dejándolo a él desolado, gritando y torciéndose en el suelo como un claustrofóbico en un sarcófago. “No, no puede ser…esto no es real… ¡Quiero despertar! ¡Por los mil demonios!”” ¿Qué te pasa Archer?... todo está bien. Nadie te hará daño. No hay nada de que asustarse”
Clover miraba como Archer se retorcía desesperado.
-Pero si tú…hace un instante…me habías soltado…y…y esa cosa del demonio… ¡Dios mío!... estoy seguro de que la escuché hablarme… ¡Clover!
Se aferraba a las piernas de la muchacha como un chiquillo traumatizado.
-No seas tonto. Aquí no hay cosas del demonio, solo hay animales buenos que no te quieren hacer daño.-
-¿Animales buenos?... ¿Animales?
No terminaba de entender lo que ella le decía.
-Ellos viven aquí y me ayudaron a despertar.
-Ah…OK. De modo que los habitantes del bosque de los que hablabas eran un montón de malditos animales…
-Si
-Demonios…
Aquella afirmación le sorprendía y le serenaba al mismo tiempo. No pensaba ponerse a debatir con Clover o al menos la cosa que en este lugar parecía ser ella, así que optó por callarse pues decir algo no serviría de mucho.
Mientras la miraba notó que veía ahora todo más claramente, y luego, que el sendero de árboles se había acabado y ahora se hallaban en un pequeño jardín frente a una casucha rancia y demasiado chica como para que viviera un ser humano en ella. Parecía más bien la madriguera de un conejo.
Fue exactamente en aquel momento, mientras prestaba atención a aquella casita, que la puertecilla de la morada se abrió frente a sus ojos, y emergió de ella una pequeña criatura cuyo aspecto era tan repugnante que Archer apenas pudo mantener abiertos los ojos.
Era una criatura similar a una liebre, pero tenía un solo ojo, bermellón y deslumbrante como una piedra preciosa. Sus patas traseras, que eran tres, parecían producto de alguna mutación genética, y las delanteras eran largas, arqueadas y tenían más bien el aspecto de unos brazos humanos, pero sin articulaciones pues eran mustios como un par de sogas.
La criatura caminó un par de pasos, zarandeó uno de sus extensos brazos y se ajustó un estúpido corbatín que tenía en el pescuezo, entonces miró a Clover e hizo una contorsión de lo mas nauseabunda y a ella, mientras lo miraba, se le llenó la cara de una alegría infantil como si aquella mueca que a Archer le pareció aterradora hubiese tenido algo de complaciente o enternecedor.
Los pasos de la chica comenzaron a alejarse de donde él estaba y a aproximarse al conejo. Parecía que ella no se había percatado, pero aquella maldita cosa tenía en sus dedos manchas frescas de sangre, cosa de la que él se había dado cuenta apenas lo vió, y si algo de juicio le quedaba, era el suficiente como para advertir que esa criatura era cualquier cosa menos amigable. De hecho, se veía perfectamente capaz de matar a alguien, quizás no sirviéndose de aquellos dedos cortitos que brotaban desordenadamente de sus brazos convulsos, pero seguramente si con aquellos dientes amarillentos y enormes que se asomaban por su hocico plagado costras y mocos sanguinolentos que de seguro se había hecho él mismo.

-¿Archer qué te pasa?... ¡suéltame la mano!-
Clover comenzó a luchar contra la mano de Archer que le sujetaba del brazo con fuerza desmesurada.
-Estas temblando… ¿qué te pasa?
Ella lo miró como si estuviera loco mientras él solo temblaba y retrocedía lentamente mientras su mano se mantenía rígida como una roca, rodeando el brazo de la muchacha, realizando el único acto que su instinto le permitía para salvar a la incauta de la estupidez que pretendía cometer.
-Vámonos de aquí, ya no soporto más esta maldita locura. Vámonos.- Archer miró hacia atrás, pero sólo vió aquella perenne penumbra que le aislaba de la salida y le hacía sentir en medio de un negro vacío.
Se sintió acorralado. Miró a Clover con los ojos desmesuradamente abiertos y ella le respondió con una mirada extrañada como la de quien trata de comprender a un loco. Pero cómo era posible, si todos están locos menos yo. No… soy yo el que esta loco… eso es. Archer comenzó a mascullar mientras le exprimía el brazo. Mientras tanto, entre los matorrales había aparecido otra liebre igual a la otra, salvo que ésta otra tenía el ojo negro, y llevaba un pequeño acordeón enganchado en el cogote.
Ambas criaturas permanecían estáticas ante el desvarío del chico. Lo miraban tiritar, agitar la cabeza como un trastornado y sentirse acorralado, sin expresar conmoción alguna.
-Archer, cálmate. No ves que estas criaturas van a ayudarnos. Ellas saben el camino para escapar del castillo sinclair…-
Maldita… tu querías escapar de aquí y me has traído a esta locura, sólo para eso…-Pero ellos, me dijeron que debía traerte para cumplir mi…- Porqué tuve que acompañarla en su maldito plan…. ¿sólo para protegerla?...¿Sólo para saber que estaría bien hasta el último momento?...¿a caso porque supuestamente estoy…-deseo y así me pueda ir de aquí para siempre…-enamorado…?...¿y de qué sirve eso? Si ella lo único que quiere es largarse de aquí…-¿Me entendiste?
Clover le tomaba ahora de los hombros tratando de que éste alzara la cabeza para escucharle, pero él no había atendido a nadie más que a sí mismo.
-Has lo que quieras. Si quieres has caso de esos malditos conejos… no me importa. Lo único que quiero es despertar de esta maldita pesadilla que ya ha sido demasiado larga y si es posible no verte nunca más- alegó Archer haciendo hincapié en lo último y otra vez tratando de recibir una respuesta con una molécula miserable de consideración por parte de Clover. Pero como tantas veces anteriores, fracasó. Y nuevamente la chica le dió la espalda esta vez, para tomar de la mano a la criatura y hacerle sumisas caricias en la cabeza.
Ambas criaturas la miraron con sus ojos de cíclopes, como dueños de alguna clase de complicidad de la que sólo Archer no era participe y luego, mirando todos juntos a un árbol al lado de la casita, vieron asomar a otro ente mucho más alto que los otros dos, pero con el mismo ojo y aspecto de semi gazapo.
Sus piernas eran largas y enfermizas como las de una araña de rincón y lo hacían quedar casi de tres metros de altura. Tenía una joroba incipiente que celaba bajo una desgastada capucha roja. Sus brazos, al igual que los restantes conejos, eran largos hasta el suelo, pero uno de ellos parecía haber sido mutilado o haberse autodestruido, pues solo quedaban de él unos cuantos despojos como fibras rojas y chamuscados trozos de carne.
La criatura se quedó mirando fijamente la silueta rígida de Archer en el umbral entre la penumbra y la luz y él pudo ver en el ojo de la bestia su propio reflejo macilento y estupefacto por el temor que le producía aquella mirada mezcla de monstruosidad y humanidad. Pareció al mirarse ambos que aquella criatura tenía alguna pizca de raciocinio y que trataba de hacer lo mismo con Archer, de examinarlo, de ver su amorfa figura manifestada en el blanco de las pupilas de él, de desarmarlo con la mirada como él nunca podría hacerlo por más que lo ambicionara.

La bestia avanzó hacia Clover y, sirviéndose de su largo y encorvado brazo, acarició su cabeza mientras ella se sumergía cada vez más en el más profundo estupor.
Mientras la criatura le rozaba la cabeza con sus largas y afiladas uñas como hoces oxidadas la muchacha no hacía más que balbucear y sonreír, con la mirada embelezada en la contemplación de la criatura. Suavemente las uñas de la criatura rozaron la blanca mejilla de Clover y su piel se rasgó al instante y una gruesa columna de sangre le envolvió toda la mejilla hasta el cuello y luego al suelo donde calló discontinua y en espesas gotas.

-¡Clover!
Ella no escuchaba… estaban ambos como en dimensiones paralelas de un mismo espacio, incapaces de poder comunicarse al igual que en el pasado. Y ahora, muy a pesar de Archer, sólo de ello dependía la salvación de la joven.
-¡Aléjate de ellos!.... ¡Aléjate!
Pero su sonrisa se mantenía igual que antes y su mirada perseveraba fija en la liebre.
-¡Clover!
No había caso. El muchacho se arrodilló en aquel forraje horroroso y se suplicó desesperadamente a sí mismo que se despertara de aquella pesadilla.
-Por favor… no le hagan daño.- Se sintió por un instante igual que cuando vió como golpeaban a Ophelia, sólo que esta vez si que no le alcanzaría el coraje para hacer algo al respecto pues la imagen de Sarah y Rose golpeando a Ophelia era una bagatela al lado de la de aquellos engendros desfigurados inmóviles alrededor de una Clover ensangrentada y enajenada que estaba perdiendo cada vez mas sangre por aquel tajo en la cara.

-¡Clover despierta!

Despierta Coreó el conejo en una frecuencia metálica y rápida similar al sonido de una sonda.

¿Ah?

Encumbró la cabeza para escuchar los sonidos deformados del conejo.

¿Cuál es tu deseo?

¿Mi…deseo?

La sonrisa de Clover se evaporó por un segundo para dar paso a un gesto de duda mientras que uno de los gazapos bailoteaba tocando una desafinada y desquiciante melodía con su acordeón.

Pero… si tú los sabes. Es… huir del castillo Sinclair- Señaló Clover recuperando su sonrisa de oreja a oreja entre tanto que los amorfos conejos cíclopes hacían rasgarse sus brazos al compás invertido del rancio acordeón.

¿Realmente…es eso lo que quieres?

Las pupilas de Clover se tornaron como microscópicos puntos verdes y se suprimió por completo su sonrisa. Ahora parecía una pobre loca enajenada en su propia mente luego de tropezar con cierto recuerdo que le es traumático despertar.


Ma…má

Mi pobre hija… ¿se fue mi hija?
¿Acaso no la mimé lo suficiente?



Vió en la muralla blanca la sombra sutil del respirador artificial volviéndose como la luz en el agua, vacilante, errática, perturbándose con cada movimiento de su mirada.


¿Mi hija ha muerto?

Volteó su cuello petrificado con sobrehumano esfuerzo y miró la bolsa del suero al lado de su camastro.
El tubo alimentador que viajaba hacia su brazo parecía haber dejado de marchar hace años y su cuerpo repleto de fístulas en los pliegues le dejaba apenas abrir los ojos para percatarse de su alrededor.

Así que… así he de terminar…

Tiró con su último esfuerzo del tubo, se lo puso alrededor del cuello y, con la pequeña chispa de vida que le quedaba en el cuerpo, jaló.

No… eso no es cierto

Un alarido desesperado reverberó en los paneles de la biblioteca. El pasillo de los archivos estaba bañado en lamentos.

No… que gran mentira. Ella está viva… mis sueños…mi futuro… todavía existen yo todavía puedo huir de aquí todavía…todavía…yo…

Las palabras se fueron palideciendo en aquel cuerpo demolido en el suelo, con las manos aferradas a un añejo periódico de mayo del 2008, en el cual cualquier vestigio de dignidad o moral se había desvanecido. Estaba derrumbado, también su espíritu, también sus memorias…

Ahora solo queda paso para la locura…

Lo siento Archer, pero no puedo empalizar contigo…


¿A todos se les han muerto sus padres no?...

A todos…

¿Por qué tanto alboroto?




…Odio ese maldito tema…pero si supieran todos que mi madre está viva si, sí esta viva… No quiero burlarme de ti Archer…


...pero yo no pertenezco a este lugar…

¡Así es!


Ahora todo habitaba en los sedimentos más profundos de su conciencia. Aquel fatídico día…

“Mayo 11 año 2008
… Se halló fallecida el pasado sábado una mujer identificada como la ex soprano Milla Soderbergh… La joven mujer de 36 años había caído en un estado vegetativo crónico persistente producto de un traumatismo en el cráneo de origen desconocido… Luego de pasar cuatro años abandonada en el Hospital sin ningún pariente cercano se le encontró muerta por asfixia…





…Volveré a ver a mi madre como tanto lo he anhelado.

…Podremos estar juntas… con papá y viajar a América como el siempre quiso…yo...Yo estudiaré y seré una buena hija y… olvidaremos esto…lo prometo…lo
Su talante enajenado permaneció con aquella contorsión ida y amargamente compactada.
Todos los candados que custodiaban su inconciente se habían ahora abierto. Estaba como desnuda, lejos de cualquier defensa mental. Era como si la pregunta hubiese hecho andrajos su gruesa armadura de buenas maneras perfección y belleza.

¿Las niñas perfectas como Clover no necesitan que sus madres las estén mimando verdad?

No, no es verdad…
Yo no soy así…yo no soy perfecta también necesito afecto mama…
El eco de su voz se perdió en lo profundo de la oscuridad…


Clover

¿Ah? ¿Quién me habla?

Tu nunca has hecho nada malo… por eso tus padres no se preocupan por ti…por eso…tu padre se fue con otra…

Estaba lloriqueando. Las lagrimas se mezclaron con las sangre reseca en su cara…

…Oh Dios… ¡Cállate por favor!

Se hubiera tirado al suelo de haber tenido el suficiente control de su cuerpo.

¡Clover!

Sintió un murmullo solitario como fuera de su universo. Entonces miró a su alrededor y vió el brazo de la bestia asediándole los hombros. Luego miró a Archer… estaba asqueado y aterrado. Ya se había cansado de gritarle para que reaccionara y ahora sólo estaba sosegado en el pasto mirándola con un gesto suplicante.

-Vámonos Clover, regresemos por donde vinimos perdóname por lo que dije o imaginé hace un instante…demonios ya no sé ni lo que digo pero te juro que estaremos bien.

Ella enalteció el rostro y vió que la liebre la observaba. Entonces volvió a repetir la propuesta.

-¿Realmente eso es lo que quieres?

Clover puso una cara de recogimiento casi religioso y mirando a Archer por última vez dijo:

-No

El gazapo que tocaba el acordeón de enmudeció abruptamente.

-Yo…deseo…ver a mi madre.

El conejo flaco abrió su boca y proyectó un gemido, soltó mansamente a la chica y su ojo se tornó de un escarlata fuerte y encandilante que encendió toda la oscuridad del bosque.

Entonces las moradas y los árboles comenzaron a desprenderse del suelo y a salir disparadas como tragadas por la noche. Y cuando hasta la noche se succionó a si misma emergió el día, las nubes limpias, el heno y las margaritas.
Clover y las liebres permanecían, el igual que Archer, en el mismo lugar pero sin parecer de modo alguno extrañados por la metamorfosis mientras que él se había quedado sometido por la confusión.
Los puntos verdes en los ojos de la chica se agitaban ahora como pájaros enjaulados, mirando escuetamente al cielo, como esperando el descenso de un espíritu celestial o quien sabe qué. No se dió ni cuenta cuando los conejos desparecieron o cuando Archer se tiró al suelo con el afán de dormir o quizás morir.

Esa melodía tan dulce… ¿de donde viene? ¿Es la nota que le pone final a este sueño necio y extraño?
…Si…
…Quizás estoy muerto y es este el sonido del paraíso…

Las lágrimas en los ojos de Clover saltaban a chorros. No había sentido aquélla melodía desde que abandonó el calor de su hogar. Era el Ave María de Franz Schubert, composición que ella bien conocía por ser la mejor interpretada por la poderosa voz de su madre.

…Al fin…

Archer despegó la cara del pasto, giró su cuello hacia el cielo con la parsimonia de una puerta oxidada y vió sobre su cabeza a una mujer hermosa que descendía de los cielos acarreando consigo un torbellino que hacía bailar su reluciente vestido del barroco y volar contra la gravedad las lágrimas de Clover.
Él por su parte, a pesar de lo incoherente de aquello, no se perturbó, pues no dudó ni por un segundo de que se trataba de un arcángel.
Estaba completamente embelesado por su perfección. Se parecía en algo a su amiga pero su cabello tenía la textura y el matiz de las almendras y su piel era como las mil margaritas del piso juntas en una sola.
Luego, cuando al fin el arcángel terminó de descender de los cielos y quedó a unos cuantos metros de la joven, le pareció a Archer que había dos Clovers, una grotescamente bella y otra, disminuida y andrajosa.
La andrajosa sollozaba y se rumoreaba cosas a sí mima mientras que al hermosa la miraba con un gesto de eterno amor celestial que lo hizo pensar que si Dios tuviera rostro de seguro sería como el de ella, si es que ella ya no era Dios.
De repente Clover comenzó a correr y se le precipitó al ángel encima con los brazos abiertos y éste la recibió con un gesto de infinita ternura.

-Perdóname, no quise huir de ti Soy una tonta…yo solo quería…saber que me amabas.

El ángel sólo permanecía reservado, mirándola a los ojos con una cándida sonrisa.

-Yo quería volver, pero esa mujer me atrapó en su maldito castillo y yo…
Y luego… luego toda la incertidumbre, el dolor…y ese condenado diario y todas sus mentiras ¡Yo sabía que estabas viva! …siempre lo supe…era todo una gran mentira para separarnos- Y reventó de llanto sobre los pechos de marfil del ángel.
AL fin. Parecía que toda su existencia había cobrado sentido. Luego de años de inseguridad y remordimientos al fin estaba de nuevo entre los brazos de su divina madre para pedir misericordia por el horroroso pecado cometido.
Sabía que había obrado mal pero hay traspiés en la vida que tienen un final feliz.
¿No es así? ¿No es así?... Había estado repitiéndose para sí misma aquello por tanto tiempo, pero valió la pena. Al fin se hacia realidad. Su vida condenatoria en el castillo había sido la larga y demasiado real pesadilla. Esto, lo que ahora estaba ocurriendo era su verdad ahora. Nada más que la dulce e indiscutible realidad.
Archer estaba conmovido por la escena, tanto así que se le borró de la mente todo lo anteriormente ocurrido. Ahora solo quería observar al ángel amparando entre sus brazos a Clover con ese aspecto de infinita ternura y misericordia, tan inmaculado que a ratos parecía hecho de plástico.
Su cuerpo aguantaba rígido el abrazo desesperado de la muchacha y mientras más rato pasaba con la chica entre sus brazos su mirada se iba poniendo más vacía, su cara, más plástica y muerta y, al siguiente parpadeo ya parecía una muñeca viviente con la cara embalsamada.

-¿Eres feliz?-Preguntó el ángel con empalagosa voz y Clover lo miró con los ojos radiantes de felicidad.

-¿Tu deseo está satisfecho?- Volvió a preguntar mirándola con unos ojos cuyas pupilas ya no eran verdes sino negras y excesivamente dilatadas al punto de envolverle todo el ojo. Parecía un insecto.
Uno de sus parpados vibraba como las alas de una mariposa y parecía que el ojo le estallaría antes de que Clover lograse articular la tan preciada palabra…
-Si…Sí
Volvió a corear con voz triunfante, alzando la cabeza con violencia, dejando que las trémulas gelatinas negras del ángel avistaran de lleno todo su enfermizo regocijo.
¿Qué mierda ocurre? Pensó Archer encorvado en el piso. El sueño-pesadilla-sueño estaba otra vez tornándose grotesco. Luego del dilatado e indefinible sentimiento que le nacía de las miradas de ambas mujeres enclavadas una en la otra, no tuvo otra opción que retirarles la vista ante el horror de la metamorfosis.
El anémico y nauseabundo plástico de la cara del ángel comenzó a chorrear. Luego, las extremidades de porcelana se hendieron hasta quebrarse por completo dejando solo unos pellejos semiadheridos a un esquelético armatoste de metales y cartílagos. La cabellera negra de Clover estaba grisácea y cenicienta por toda esa sucia caliza que se despedía en el desplome inminente del ángel mas la muchacha aún le abrasaba dramáticamente, como una pobre obstinada en un incendio, tratando de preservar algún mustio indicio material de su vida pasada aunque estuviese este vuelto un montón de tristes cenizas. Su cuerpo se mantenía perfectamente encerrado entre los tentáculos escuálidos que fueran antes los cándidos brazos del ángel y ahora, mientras más la bella criatura de desfiguraba y caía presa del grisáceo mutilamiento, más exprimía entre sus brazos a la pobre joven. Si hace tan solo unos minutos el abrazo de la criatura se sentía alrededor de su dorso cálido y suave como la seda ahora era más bien como un artefacto de inmolación que le laceraba la piel de manera brutal e inmisericordiosa.









Cuando ya todos los extraños tentáculos del ser estaban al rededor de las extremidades de Clover y le oprimían bestialmente, Archer ya no miró. Su atención comenzó a girar y girar sobre el pasto, las sombras, el pasto, su dedo, una muesca en su dedo, una lágrima en su dedo, un mundo difuso, luego negro… el rumor denso de los huesos triturándose…

-Clover…

Una puntada le atravesó el estómago y como si le hubiesen golpeado para ello alzó la vista, creyó entonces advertir el último suspiro de vida de la joven y quiso correr y arrojarse autómatamente a recoger los despojos de la chica con sus maños pero estaba tan aniquilado por dentro, otra vez pasmado, obligado a tan sólo tener que observar la cabeza cercenada crujir contra los brazos interminables con la cara de felicidad todavía en el rostro. Hoy, por segunda vez en su vida, sentía que el corazón le dolía de verdad por algo. ¿Realmente había amado a esa mujer?, lo ignoraba completamente aunque ahora le ardiera toda el alma de sólo recordar su imagen tan llena de belleza, ahora hecha añicos por el abrazo de la muerte.

Apenas sintió que podía hablar echó un pavoroso grito como abrumado por el hálito próximo de la muerte. Supo que dicho grito sería el último.

Cuando los ojos negros se asentaron en su único foco de atención posible tras los miembros de Clover, la cosa advirtió que Archer ya no se movía. Quizás había muerto de pié y ya no había necesidad de matarlo. Y hasta por un momento el ángel no parecía con la intención de matar a aquella cosa empedrada que se daba por muerta antes de estarlo. Sin embargo en lo recóndito de su mirada reposaba aún el apetito de la sangre fresca o el de los gritos y los lamentos de modo que, retirando de sus tentáculos los últimos fastidiosos restos de la muchacha, dio un paso adelante con la intención clara de terminar con la masacre comenzada , ahora firme como hierro.

Él chico no tardó en advertir que su fin se acercaba, no obstante y pese a lo que comúnmente habría esperado de sí mismo, sus pies le respondían como no lo habían hecho hace rato y, valiéndose de ello como única arma de posible salvación, hecho a correr violentamente. Tropezándose con el sereno, levantándose ágilmente a cada penoso tropiezo, aniquilando millares de margaritas con el fulminante golpe de la suela de su zapatilla y aún con todo dudando, dudando de la utilidad de todo aquello. Era verdad que corriendo a su suerte se había salvado de la demencia de su hermana en el pantano, pero algo le decía con angustiosa convicción que hoy no tendría la misma suerte, esta ves no.

Mientras corría con esa fatal idea en la cabeza pensaba en Karil, también sin entenderlo pensaba en Ophelia. Él no había tenido el valor de ayudar a su hermana a vivir y en vez de tomar cartas en el asunto, prefirió lloriquear y sacudirse la cabeza con las manos. Y todo para qué; ¿Para no mancharse las manos con sangre una vez? Y qué más dio todo aquello si su vida estaba ahora llena de sangre, de la de Ophelia, la de Clover y muy pronto de la suya propia en cuanto se cansara de correr y la cosa le alcanzara. Así había sido el Karma de su vida. ¿La sangre le estaba hostigando hasta el día en que no se pudiera librar de ella?... ¿Y todo por no involucrarse en la muerte de Karil? ¿O al menos tratar de hacer algo por su vida o acallar su agonía? Y todo por su afán de no involucrase y ser libre de toda culpa, de toda mancha de sangre…

Sus pulmones comenzaban a perder todo el aire.

Parece que el destino no acepta impagos y ahora viene a cobrarme la cuenta…

¡Ja! Ahora todo esta claro. Todo el porqué de mis pasmos y esas putas pesadillas.

Ya estaba anhelando tener que dejar de correr para detenerse y así entregarse ya a la liberación de la muerte.

Acepta la sangre cuando debes si no quieres que te acose el resto de tu vida…Cómo no lo había pensado. ¡Era esa la gran moraleja de toda su jodida existencia!...

-¡Jaah!

Sintió salir disparada una cruel carcajada de su boca e inmediatamente después también sintió una de sus piernas salir disparada por los aires.

-Ah.

Todavía en la travesía entre la estabilidad y el piso observó el arco de sangre que hizo su pierna al volar de su cuerpo al aire con una extraña cara de alivio y pensó , algo resignado , que ese sería el principio de fin. Mas luego, cuando su cuerpo impactó contra el piso y su sistema de respuestas nerviosas comenzó a ponerse en marcha, el alivio se transmutó enseguida en un espectro olvidado entre los penetrantes estallidos de la mutilación nerviosa.

-¡Aaaah mi pierna!

No concebía como diablos podía sentir tanto dolor sin morir por ello.

-¡Vamos! ¡Qué esperas! ¡Acaba conmigo maldita sea!

Su mirada oscilaba entre la bruma blanca y una purpúrea neblina. Al rato sus ojos estaban hinchados y rojos de puro sufrimiento. Ya no sabía distinguir si lo que veía frente a sus ojos era el reflejo de los cartílagos serpenteando sobre el forraje o si es que acaso era la criatura misma que estaba ahora en frente suyo, ignorando con placer sus tristes súplicas. No tenía idea de lo que estaba pasando a su alrededor. A ratos el velo blanco se espesaba y era como si lo raptara por completo, haciéndole sentir el fatal augurio del abandono de los dolores y un sobrenatural alivio. A ratos creía sentir frío , quería quedarse dormido y cuando por intervalos lograba cerrar los ojos se alarmaba. Comenzaba a sentir sobre sí una sensación goteante como la lluvia que le coronaba la cabeza y era fría como la mano de mismísima muerte.

Esta lluvia…

Sobre sus cabellos danzaba la pluma de un cuervo extraviado, aproximó su mano para sacarla y la deslizó lánguidamente para traerla a su palma. Justo frente a sus ojos enredada interminablemente entre unos cabellos pardos, como de mujer.

-¿Pero qué esta pasando?

Yo…estoy ahora… esta tierra esta lluvia

La noche

Los cuervos…

El pantano…

Entre el abismo pantanoso de la neblina blanca se vio a sí mismo como un chiquillo, tirado de rodillas en el fango y contemplando como la sangre del puñal se evaporaba por la lluvia de la noche y por la lluvia de sus ojos.

-¡Vamos! ¡Qué esperas! ¡Acaba con mi dolor rápido maldita sea!

El pequeño muchacho subió la vista y el temor se advertís en todo su cuerpo.

-Yo… No puedo.

Entonces él volvió a sentir del dolor esta ves en ambas piernas mientras lo miraba lastimosamente no tanto por el dolor como por la sorpresa.

-Pero… ¿es que acaso no te das cuenta?... estoy sufriendo…

Si tu no me matas… el dolor lo hará- Gritó ahora totamentefuera de si